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La estirpe de Laureano

13 de abril de 2019 - 02:00 a. m.

Se cumplieron 71 años del asesinato de Gaitán; otro 9 de abril con las imágenes trascendidas al lugar común de la costumbre del dolor, otra remembranza del crimen que superó al siglo de su furia y sus escombros. Una nueva resignación al silencio y a la suprema impunidad y anonimato de los nombres que lo mataron. Pero a nadie nunca le han importado demasiado los nombres de quienes dieron la orden, o desde qué lugar exacto de esa Bogotá encriptada se gestó el magnicidio, porque la obviedad de las élites y su atmósfera de misterio criminal lo han revelado todo desde la sombra. Han contado desde siempre con la lealtad de capataces masacradores dispuestos a morir por ellos con las retribuciones que les significa el predominio titular sobre sus tierras; testaferros políticos dispuestos a hacer siempre el trabajo sucio para salvaguardar el paradigma que los sostiene en el privilegio y en la seductora sensación de la permanencia en el poder.

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Ese 9 de abril de 1948 ostentaba la franquicia presidencial Mariano Ospina Pérez, un delfín heredero de su abuelo Mariano Ospina Rodríguez, fundador del Partido Conservador, y de su tío Pedro Nel Ospina, pero puesto y vigilado allí por el custodio del establecimiento de las castas más puras, Laureano Gómez: un católico fanático y dispuesto a hacer invivible la república desde todos los flancos y con todos los métodos, un puritano que explayaba mentiras a discreción para fomentar la tesis del nazismo que admiraba: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”; un odiador del disenso que hostigó esta pequeña nación debilitada por su adolescencia hasta el incendio. En el centro de esa caldera de fanatismo y furia conservadora ascendía Gaitán con un respaldo popular que asustaba por primera vez a los pequeños círculos que dirigían el país para su beneficio desde los tiempos en que los reyes les dejaron las tierras y los métodos políticos de contención. La furia del Bogotazo no fue más que la implosión de un temor que ya estaba en el aire; lo mataron las élites con intermediarios que llegaron hasta el chivo expiatorio de un esquizofrénico aturdido para apretar el gatillo y enturbiar la cadena de mando. Borraron al indio molesto de la historia y postergaron el temor de ver sus castas manoseadas por advenedizos, y cuando lo volvieron a sentir los volvieron a matar, uno a uno, aunque se incendiara todo otra vez con la amenaza de una nueva destrucción, pero confiaban cada vez más en la resignación de quienes ven a sus mártires con el designio de su desaparición irremediable y su futuro con la idea masoquista de lo imposible.

Esa misma estirpe de Laureano sigue heredando la orden de la custodia y el capataz del momento sigue agenciando los métodos. Álvaro Uribe, como lo hizo Laureano Gómez con un delfín subordinado, lo hace ahora con quien intenta defender lo indefendible con una imagen diplomática que se desmorona al ritmo de sus acciones y sus efectos. Los terratenientes privilegiados por los vestigios de la Colonia siguen aquí, con las mismas antorchas de la marginación y una amenaza latente de masacres si la disposición a increpar ese viejo paradigma insiste en sus deseos de alcurnia. Nadie puede cuestionar los títulos del reino.

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