Todas las sospechas sobre las causas del infierno se hicieron físicas en los recientes resultados de las pruebas Pisa
Lo que siempre se creyó entre la especulación de la autocrítica es ahora inobjetable: la base de la debacle no es un hecho violento y extendido en unas ondas de retaliaciones históricas que conllevaron al canibalismo, a la corrupción y a la anarquía soterrada en una democracia de papel: es una educación inútil. Lo que revela el resultado de las pruebas que ubican a Colombia entre los últimos niveles del fracaso no es una simple alarma de un programa educativo deficiente. Lo que revela es que en Colombia todas sus generaciones perdieron su tiempo y su infancia en la frivolidad de una toma de lecciones sin ley, sin introyección y sin gracia. Lo había advertido ya Simón Rodríguez en su concepción futurista de la educación: “Mandar recitar de memoria lo que no se entiende es hacer papagayos. No se mande, en ningún caso, hacer a un niño nada que no tenga su «porqué» al pie. Acostumbrado a ver siempre la razón respaldando las órdenes
que recibe, la echa de menos cuando no la ve. Enséñenles a ser preguntones, para que, pidiendo el porqué de lo que se les manda hacer, se acostumbren a obedecer a la razón: no a la autoridad, como los limitados, ni a la costumbre, como los estúpidos”
Es esa proliferación de una idiotez impuesta y casi voluntaria lo que en Colombia permitió y permite aun la misma proliferación de un despotismo sin rechazos, sin reticencias. Los maleducados no diferencian ni miden los excesos de la autoridad, porque fue bajo la autoridad donde aprendieron a asentir sin cuestionar la sobrecarga de las teorías perfectas. Por eso es entendible la inverosimilitud de una política plagada de sátrapas sin que el asombro se levante. Los maleducados soportan además las torturas del hambre, y es ante el hambre que responden por naturaleza y pulsión. El pensamiento es secundario. Solo después de comer pueden votar por quien más kilos de alimentos repartió en sus giras de campaña.
La mala educación es sistemática. Se pueden ver las inversiones precarias que el estado dispone a las carreras humanistas. Son La mano de obra y las tecnologías las que se llevan el botín del respaldo. Las ideas son fatales, son reflectores que revelan basurales y abismos, lo saben, por eso le temen también a que incursionen en los centros del poder los insurrectos, los que revientan las viejas atmósferas de la ortodoxia para fermentar las tronamentas del progreso.
Alejandro Ordóñez pertenece a esa estirpe que nos instruyó bajo la furia de los cristos y el soborno de los cielos estúpidos. La mala educación parece soportarlo hasta hoy: la historia humillada parece empezar a aplastar la estafa de los dogmas y empieza a razonar en las plazas donde el establecimiento solía fusilar a sus conciencias.
@juandavidochoa1