Continúa en los Estados Unidos el escándalo por la flagrante violación a la privacidad.
Por las infiltraciones a la prensa, por la irrupción en las cuentas y en las redes virtuales, en los computadores personales, en los teléfonos, y no lo pueden creer. No pueden creer que esto suceda sobre la férrea y sagrada constitución que fomentaron los próceres, los férreos y sagrados Thomas Jefferson, Washington y Lincoln. Los que afianzaron los conceptos de estado, de opinión, y de derecho. Los que elevaron los andamios de la democracia a los niveles máximos de la leyenda. No pueden creer que esto suceda en una clara negación de las primeras pautas de la ley en que basaban el orgullo del nacionalismo.
Mientras tanto, el maelstrom de la noticia atrae toda la atención y el ruido a la figura de Edward Snowden, el ex agente de la CIA que en un arranque de nervios o de gloria ha decidido lanzar la chiva inesperada y gigantesca de la década, y no lo creen aún, ni los apologistas inamovibles de Obama, ni los demócratas estupefactos, ni las atónitas víctimas, ni los espectadores del boom.
Lo curioso en esta historia política y mediática es la aparente novedad de un escándalo sin precedentes. Por el nivel del espanto y del terror, pareciera que jamás, en la larga y oscura defensa del control de la primera potencia de la tierra, se hubiera escuchado sobre el método o las tácticas del espionaje interno. Parecen ignorar que la obsesión gubernamental por violentar lo incognoscible de la privacidad desde el pentágono no sólo ha sido intensa y antigua, sino continua, sistemática y abierta sobre todos las pautas y derechos.
Quien fomentó ese arribismo persecutorio, impúdico y febril, fue el Dios omnipotente, omnisciente y tenebroso que dirigió por 48 dictatoriales años el cuerpo entero del FBI; John Edgard Hoover, La sombra ineluctable tras las ocho presidencias consecutivas que quisieron derrocarlo y no pudieron hacerlo por físico pavor, porque era el hombre que guardaba sus secretos íntimos, sus confidencias, sus largas y delicadas conversaciones telefónicas en cientos de casetes guardados con candados triples y a los que se aferraba en el instinto animal de la sobrevivencia. Fue él quien fomentó la paranoia y la llevó a las tácticas enfermas de la prevención al infiltrar, también, los circuitos cada vez más amplios de su sospecha: a los homosexuales, a los artistas, a los judíos, a los comunistas, a los ateos. Los infiltró, los escuchó, los persiguió con la obsesión de un poseído, y fue después cuando estalló también el Macartismo en esa caza de brujas y marxistas, y el estruendoso Watergate en la monomaniaca presidencia de Nixon.
Los métodos persecutorios y defensivos de los Estados Unidos rayan claramente la patología de los límites deshechos. Pertenecen ya a la cultura y a los paradigmas del terror por la amenaza constante de los “sospechosos” que circundan siempre la fragilidad de los poderes discutibles.
No es novedosa la bomba mediática de Snowden. Es una vieja realidad en esta larga historia de ataques y venganzas repetidas hasta la demencia. Es natural que nadie quiera creer frente al escándalo reciente de esta antigua paranoia. La locura suele ser inconsciente de sí misma.