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Las bromas de Christine Lagarde

14 de junio de 2013 - 06:00 p. m.

La historia entera del Fondo Monetario Internacional resulta irónica.

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Lo es hasta el punto máximo de la comedia. Y sería una comedia plausible y encomiable si no fuera por la poderosa infamia de su estrago y repercusión sobre los 188 países que se encuentran inscritos en sus estatutos. Los mismos que hasta hoy, después de las promesas a sus proyecciones económicas, se asfixian todos en las espirales de la ruina.

La actual directora del FMI, Christine Lagarde, acusada irónicamente de malversación de fondos, representante de un órgano acusado de lo mismo en una clara y mayor definición del humor negro, acaba de emitir un comunicado en el que se anticipa un desastre económico mayor al conocido en las antípodas y trópicos del mundo. Lo comunica en la confianza que se tienen las figuras mesiánicas acostumbradas a la aceptación y al servilismo de sus súbditos.

Parece estar bromeando sobre el mismo cargo y título que representa y sobre las políticas mismas de la institución que en 1945, durante  los acuerdos de Bretton Woods, fue fundada junto al banco mundial entre la urgencia de un fondo general que serviría de  auxilio en los momentos álgidos, teniendo como causa principal la catastrófica guerra que alcanzó la destrucción de las finanzas de Europa. Fue creada justamente con intenciones altruistas y cooperativas, transformándose después en el ente superpoderoso que supervisaría los manejos financieros de sus miembros, aconsejándolos o previniéndolos ante futuras debacles.

Lo que hace propiamente de Christine Lagarde una bromista mórbida no es el principio rosa de esta empresa, sino la mutación oscura de los intereses que transformarían al FMI en la bestia carroñera y demoniaca que terminaría por morder, como el Saturno mitológico de los romanos, a los cuerpos lánguidos y fofos de su propio entorno, desangrándolos aún más en la devoramiento neoliberal del arribismo.

Les hicieron creer que al reducir las inversiones de estado, al devaluar la moneda y reabrir los diques de la importación, eliminando los subsidios a los productos exportados, al congelar los salarios y elevar las tasas de interés sobre los créditos, contribuirían a un progreso acelerado y sin trabas, al pacto sagrado de los respiros económicos, y los hicieron caer, los hicieron gemir hasta el fenómeno adverso en la implosión social de la miseria que conlleva siempre a la reproducción de nuevos monstruos que terminan por abrir fronteras e infectar también, todo el estrago del caos: el narcotráfico y el flujo alterno o ilegal de los dineros.

Es el FMI el monstruo invisible detrás del hundimiento estructural del mundo. Y es ahora cuando sale a la luz una vez más Christine Lagarde, en la retórica de un redentor, a preparar a los gobiernos para un golpe fatal, advirtiéndoles sobre la próxima desgracia. Tiene que ser una broma.

     

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