El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Las palabras de los verdes

21 de diciembre de 2019 - 12:00 a. m.

El Partido Verde ha ascendido en la política nacional con resultados contundentes. Arrasaron con curules que parecían cooptadas para siempre por los partidos de la tradición, se elevaron a las altas esferas de los cargos públicos y obtuvieron el segundo trono más importante del país y conocido trampolín cercano a la Presidencia. Sus formas y maneras los hicieron sugestivos al votante promedio, asqueado de la chapucería y la ordinariez de los políticos seguros de sus estadísticas extorsivas. Con un discurso ambiental y una tendencia pedagógica construyeron un pequeño paradigma que conjugó sus lógicas con los tiempos, y el ascenso progresivo era inevitable. La juventud de sus partidarios, las viejas proezas de la séptima papeleta y la cuasi epopeya de una candidatura presidencial al borde de la victoria contra el primer y temido Juan Manuel Santos los catapultaron en la escena protagónica. No había opciones para el retorno o una desaparición repentina.

PUBLICIDAD

Sus posiciones al margen del poder y de la tronamenta de los grandes escándalos han resultado ser generalmente retóricas; un humanismo de obviedades y un discurso ético permanente entre la urbanidad y la diplomacia, una postura empática frente a la rancia confrontación de viejos fanatismos, pero en momentos decisivos y peligrosos han hecho silencio y se han recluido en las sombras de la invisibilidad. Saben que de muchas maneras pertenecen al establecimiento que no pueden traicionar con flagrancia, no pueden aceptar que las instituciones se han deslegitimado hasta el horror porque el juicio de esa misma plataforma institucional los pondría en el mismo bando de una oposición considerada aún marginal y peligrosa, aunque las viejas tachas de la violencia no existan. Sus cálculos políticos juegan siempre al borde de la conveniencia y no de los problemas fundamentales de este abismo que nos sigue halando a otras versiones del desastre. El Partido Verde en pleno se levantó con carteles de rechazo a la posesión de Santrich cuando era un cumplimiento estricto y legal del proceso de paz que apoyaron en palabras. Parecían dejarse llevar por una frívola intuición ante sus gestos de latoso insufrible. Se negaron a reconocer el marco legal y práctico de un proceso en una irreverencia cosmética y fuera de toda lógica y contexto. Y siguieron así, entre las nuevas performances de ilusionismo de Sergio Fajardo, su faro de niebla y las respuestas recientes de Antanas Mockus, el viejo patriarca del partido que infló la bandera con pedagogías de profesor incomprendido. Ha dicho recientemente en una emisora tendenciosa que reconoce la reforma tributaria como un paso a un Estado más fuerte y vigoroso, y que todos deben aportar para el progreso. Se niega a decir lo que sabe, una vez más por conveniencia. Que los grandes potentados económicos del país no contribuyen con sus impuestos para el fortalecimiento del Estado, y que antes de verse obligados a la legalidad los han evaporado en paraísos fiscales del Caribe con la anuencia de los mismos que figuran aquí como custodios de la ley y el orden. Se niega a aceptar que Alberto Carrasquilla ocupa su cargo como un mandato de los gremios para salvarlos, y que solo los que están fuera del lobby y las prebendas pactadas deben pagar sin posibilidad al diálogo o la excepción. Antanas Mockus lo sabe, como lo saben todos. Pero prefiere callar o hacer una nueva pantomima si lo presionan a nombrar obviedades pragmáticas y delicadas.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias