Con gestos de político lunático y con pose de profeta que lanza verdades incomprendidas en el tiempo que lo vio nacer, el conservador duro y recio de la mítica Londres, Boris Johnson, lideró la campaña por la renuncia definitiva del Reino Unido a la Unión Europea.
Parecía un chiste típico de los países emergentes que buscan desesperadamente entre estrategias extravagantes su destino, o reencontrarse con su leyendas perdidas, o refundar la confianza en el ideal de la autosuficiencia para soportar todo el futuro, y que pase lo que pase con el mundo, pero el referéndum estalló con la cifra del 51,9% a favor de la separación, y cuando la reversa era absolutamente imposible, y la separación era tan literal como el alejamiento de la isla ante la plataforma continental del norte de Europa, el profeta Johnson ha guardado silencio hasta hoy, eludiendo el escándalo de los adultos jóvenes del reino que le achacan ahora la consciencia de estar excluidos de la tierra y sus comercios y sus pactos de no agresión y sus fronteras abiertas para todos los motivos.
Ahora parece que el supuesto problema monumental de una inmigración desbordada, usado insistentemente en la campaña del corte, no parece tan peligroso como la peligrosa posibilidad de hundirse en una economía declinada por los efectos de las sospechas de la bolsa ante su nuevo destino. Y el segundo problema de su ayuda monetaria a las urgencias de una Europa desequilibrada no parece tan hondo como el lío de enfrentarse ahora con los altos impuestos que tendrán que pagar para solventar los coletazos de la incertidumbre, y sobre todos los dramas, tener que resistir los fantasmas de la memoria que les narra en los libros de historia su pasado esclavista en los bastiones de Sudán y del Pakistán del polvorín conocido, que ahora han estallado por las bombas del tiempo con sus migrantes naturales, a quienes no quiere recibir el Reino por considerarlos errantes sin vela y sin razón por las islas del mundo.
Qué hable ahora Boris Johnson y les explique en argumentos prácticos lo que le puede suceder a una economía asustadiza cuando ha roto los pactos con economías unidas que, aunque estén azotadas por la fragilidad, van a decidir siempre en conjunto. Y que les explique, sobre todo, qué puede suceder si Escocia e Irlanda del Norte deciden cortar con el Reino y volver a la Unión, y a qué terminaría reducida la soberbia del antiguo Imperio Británico si sus pequeñas islas aledañas dejan de ser sus barricadas.
La Unión Europea, sin embargo, sufrirá también los golpes de una puerta de salida sin retorno y sin cierre. La marea xenófoba encuentra hechos prácticos en un idealismo proteccionista sin opciones de altruismo antes los dramas de los ahogados sin nombre sobre todas sus costas, y ya Marine Le Pen, la profeta de Francia que ve también sirenas amargas en los faros del Mar, ha pedido cancelar la Zona Schengen tras el atentado en Estambul, cuando Turquía está al borde de integrarse también a la Unión con 70 millones de habitantes.