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Lenguaje y prisión

27 de septiembre de 2013 - 06:00 p. m.

A principios del siglo XX, suficiente tiempo después de las supremacías metafísicas, surgió pausadamente, entre los ruidos del vestigio violento de la guerra del 14 y al borde de la gran segunda, la prestigiosa escuela filosófica de Austria en que iniciaba una vez más la ciencia a presidir la interacción con una Europa que intentaba retomar de nuevo los cimientos del renacimiento florentino y la cosmovisión antropológica. Iniciaba ahora la crítica a la realidad mediante el método científico y exacto, inscrita en un hito intelectual; el círculo de Viena.

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 En él  los nombres paradigmáticos de una nueva filosofía iniciaban el retumbe de la lógica. Entre ellos Charles Morris, Rudolf Carnap y Ludwig Wittgenstein, (precursor de las ideas del círculo, sin vinculación directa). Todos inmersos y entregados de saliva, sangre y bruces al histórico problema del lenguaje, como cuestión esencial en el despeje de una realidad enmarañada en   otro problema universal: la semiótica.

Carnap dirigió su análisis, su ataque radical al edificio endeble de la metafísica, esa estructura construida  a base de suspiros, de escoria etérea y miedo inquisidor. Su restallante ensayo “Critica a la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje”, evidencia en una claridad de espanto los peligros de un uso libertino en el único suelo en que los hombres pueden existir confiados, la palabra. El signo fundamental de la sobrevivencia.

Un solo concepto inclinado a la abstracción, una sola conexión ligera de los símbolos, y los cimientos del paradigma general podrían derrumbarse de repente al precipicio de la confusión y del absurdo, y toda la aceptada construcción del mundo se reduciría a una mentira gigantesca.  Un solo error y la ancestral hilera del dominó lingüístico nos pudo haber traído a la sobrevivencia en una farsa.

Pero quien entendió los insondables peligros, cercano al pánico y a la obsesión, fue el  austriaco Ludwig  Wittgenstein, quien conllevó además a las mentes del círculo vienés a un nuevo terremoto intelectual, la réplica de un nuevo siglo filosófico segregado después por las andanzas del patán Adolfo y los ejércitos de la SS; el positivismo lógico. Fue Wittgenstein, quien similar a una violencia nietzscheana hizo vibrar la historia del debate náufrago del sinsentido y de la incoherencia de la especie, como objetivos centrales del pensamiento.  En un grito alarmante aseguró que la oxidada prevalencia de las divagaciones clásicas, sin novedosas respuestas, se debía exactamente a que esas tesis no habían penetrado los cimientos del único problema real, el problema intrínseco del tiempo, el dilema inaugural de los dilemas, el suburbio principal de todas las cuestiones: la estructura lingüística de donde parte la intriga, el devaneo, la paradoja, la saturada, confusa y abierta realidad. 

PD: Las religiones, fundadas en lenguajes neblinosos y abstractos, imposibilitadas al debate racional sobre los retos del hombre contemporáneo, deben estar, por lógica y sanidad, alejadas de las políticas de estado, que en Colombia tiene un título de papel desde la renovada constitución del 91, “Estado laico”. Es solo un paso lógico para alcanzar, lentamente, sociedades pragmáticas (reales).

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