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Los Elefantes Blancos

10 de octubre de 2014 - 09:00 p. m.

Víctor G Ricardo, El último escudero de Pastrana, ese otro impresentable expresidente traicionado por su círculo entero en el límite del hartazgo (es demasiado que los políticos se harten de sí mismos en un país sin la última decencia) ha revelado al fin lo que todos suponían pero dejaban pasar porque la psique no soporta demasiada realidad, aunque esté azotada en la costumbre: que el proceso de paz en el Caguán era un fiasco y un embauque desde el mismo principio, y que el mismo presidente del país con la guerrilla más antigua y enferma de la tierra también lo sabía, lo sabían todos, pero se hizo el tardo y se dejó fotografiar en la histórica silla vacía por las cámaras del morbo y con la pose de un indigno, para pasar a la Historia entre los nombres mártires dejando en su estela, además, la deuda inútil y eterna del Plan Colombia.

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Lo que surgió después lo soportamos en el cuatrienio del Señor: ese otro Elefante Blanco de la ilusión monstruosa del combate que es el mismo círculo del vicio y que no tiene final porque las balas nunca dejan de tener la bendición del fisco, retribuido siempre entre la rentabilidad de la venganza.
Después de dos estafas astronómicas, la opción era volver a creer en las directrices de un diálogo sin despeje y sin parafernalia. La única opción era el consenso después de una larga travesía por los reconocimientos de la culpa.

Desde el principio del actual proceso de paz se suponía que una larga guerra de medio siglo atribulada en narcotráfico, secuestros, terrorismo, sordera voluntaria de los sectores represivos y desidia estatal, no finalizaría en el periodo de un año, aunque el mismo Santos haya pautado esa fecha límite de tolerancia. El país, hartado también en los desastres de la guerra podía entregar ese último beneficio de la duda, y lo entregó, aún sobre el hermetismo en que el proceso evolucionaría para impedir los torpedos de los consabidos.

Ahora se abren a la luz pública los documentos con los detalles de los tres puntos acordados, y aunque no hay grandes sorpresas ni detalles magnánimos que agiganten las emociones hacia el pacifismo, esa palabra tan extraña y misteriosa en esta selva del odio prehistórico, suponen por fortuna una intención conjunta hacia el fin del conflicto y una ilusión en el no retorno de las culpas aceptadas.

El ala de las Farc sigue emitiendo sus discursos anacrónicos, son predecibles en su predisposición a la falta de contexto cuando deciden fanfarronear más allá del pragmatismo de la mesa. Pero las grandes sorpresas las sigue entregando Juan Carlos Pinzón, el impredecible: el ministro de defensa que no entiende como un enorme elefante blanco de interceptaciones ilegales, proveniente del ejército, haya podido intervenir las comunicaciones de la mesa de gobierno. El ministro, reconocido atizador, extraña mano derecha del presidente dialogante, no entiende como se fragua una logística de contraespionaje sobre las anchuras de sus ruedas de prensa. Algo huele mal sí el gran jefe de la inteligencia nacional, como el antiguo jefe de Estado en la silla vacía de la burla, no sabe de las directrices internas, y ve pasar los Elefantes Blancos en su frente, sin espanto.

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