En el círculo del vicio solo queda el grito de una angustia impúdica, el pedido de auxilio en la intemperie, la redundancia y la monotemática insistencia en el drama que se adapta siempre a su naturaleza y parece cada vez más cotidiano, irrelevante y simple: un drama normal.
Volvemos siempre al centro de la Historia para señalar lo inconcebible y parecer inútiles en la vulgaridad de la quejumbre. Pero repitámoslo, aunque tengamos cada vez más el tufo y el cliché del desespero ebrio de su propia desgracia, aunque todo continúe igual por otras décadas de rabia y muerte: La impunidad, esa palabra alarmista y ya vacía en el país de las alarmas sin diques, sigue resumiendo el tiempo y enumerando los cadáveres sin fondo y los testigos mudos.
A 15 años de la muerte celebre del periodismo, ha sido suficiente el rio de sangre para romper el cantado de la anarquía y la paciencia; pero no hay fondo ni carácter que detengan aún la cifra de crímenes en aumento. 137 Periodistas asesinados desde de la fecha mítica de Garzón, el rostro visible de la tragedia, con un 87 por ciento de impunidad campeando en los archivos empolvados de una desidia judicial que explica tácitamente lo que nadie acepta por pudor, o por el mismo vicio de la negación sin asco. En Colombia, el asco y la vergüenza no tienen más escalas en la deshonra, aunque el discurso presidencial quiera venderle al mundo un progreso flagrante.
Sobrevivimos en un estado fallido, repitámoslo, aunque el tufo quejumbroso se extienda y parezca cada vez más lastimero y ridículamente trascendental. Ningún estado decente puede jactarse de su equilibrio y de su democracia con una impunidad que raya en los tópicos totales, ningún estado normal tiene hacinadas sus cárceles con ladrones de esquina y sus fronteras abiertas a genocidas y a ministros cleptómanos. Ningún estado sano preclucye sus casos aberrantes en carruseles internos de compra y venta de excarcelación y procastinación a sueldo. Repitámoslo, aunque la historia gire en el mismo círculo de la denuncia sin público, aunque los 15 años se dupliquen en la misma ignominia. La impunidad sigue tragándose todos los sofismas del orgullo, las pretensiones partidistas y los movimientos sociales desesperados. Mientras tanto, un proyecto de ley en el senado, número 18 de 2012, pretende eliminar la prescripción especial de 30 años para delitos de homicidio, tortura o desaparición para víctimas en el marco del periodismo.
A 15 años de la muerte que definió los fondos del terror, quedan los mismos señuelos capturados para un show policial sin sustento, un señalamiento mediático al subdirector del Das sin fallos contundentes, y una docena de altos mandos sin rostro que ordenaron el crimen junto a una banda de sicarios, chivos expiatorios del club. 15 años de miedo, quejumbre y negación. La Historia continúa.