Para el flamante fiscal general, Francisco Barbosa, no ha sido prioritaria la investigación de los gastos injustificados y exorbitantes de las instituciones públicas, ni los cultivos de coca de los diplomáticos, ni las campañas compradas por el narcotráfico, ni los testigos falsos que siguen rondando por allí, ni la feria de ladrones que siguen desfalcando los departamentos. Usando por primera vez la imponencia de su mando y la severidad de su voz, ha ordenado la investigación urgente contra la alcaldesa de Bogotá por una contravención en la logística de un mercado. Todos los años de investigación y ensayos jurídicos no le sirvieron para ajustar en la práctica las teorías diferenciales del derecho y la obligación de la justicia como el único juramento solemne entre todos los deberes. No se ha visto al fiscal en otro momento apremiante, con tanta impaciencia y desespero por cumplir con la ley y ejemplarizar ante un acto más delicado y peligroso. Con su ejército de escoltas y un esquema ordenado de seguridad se dejó ver en Cali acariciando al moribundo león Júpiter porque sabía que los medios nacionales estaban allí y su presencia haría noticia y ruido, y así lo hizo, aunque el contexto no tuviera que ver estrictamente con su cargo, con la urgencia de los cientos de miles de documentos que lo esperaban en su despacho y le exigían la verticalidad del carácter. Era más práctico el titular sensiblero de su amor por los animales para aplacar la noticia progresiva de su íntima cercanía de infancia con el presidente que lo había elegido entre los subterfugios del poder, para encubrir a su partido y a los posibles implicados futuros de sus entornos. Por esa misma razón se abalanza ahora en el poder mediático de la Fiscalía General contra la alcaldesa que se contrapone a los intereses del lobby que juró defender, y que ahora lo presiona a él también para que abogue por el fin de una cuarentena y persiga a los estorbos de la producción que nunca puede detenerse, aunque las morgues colapsen.
De algo tiene que servir la institución que ajustó Néstor Humberto Martínez Neira entre los círculos íntimos del poder, que nunca pierden y que pagan siempre bien los favores recibidos; Francisco Barbosa lo hace obedeciendo al lobby que lo eligió, aunque su paso por la defensoría de derechos humanos no haya sido precisamente la más pulcra, y a pesar de que sus extrañas interpretaciones sobre el genocidio sean las mismas que puede tener un dandi sin escrúpulos. Ahora ladra fuerte y con carácter para que lo escuchen los bastiones políticos que deben tener agradecidos para futuras contiendas. Lo sabe muy bien el partido que lo rodea y lo aplaude, y aunque el país se desmorone entre la crisis sanitaria y los desfalcos, los cálculos son prioridad, y el presidente debe continuar demostrando su legitimidad aunque sus medidas en la crisis no sean justamente legítimas. Les fastidia el discurso pragmático y los argumentos científicos de Claudia López, sus mapas epidemiológicos, sus proyecciones y sus cifras. Les molesta, además, que una mujer hable más duro que ellos, que los exponga con subterfugios, subregistros y los obligue a reunirse en secreto para ajustar las siguientes mentiras con verdades obligadas. Para callarla usaron una institución desprestigiada y por lo mismo peligrosa.