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Los solemnes

24 de julio de 2015 - 09:25 p. m.

Nada tan peligroso como un solemne; esa postura de seriedad irreductible y de suspiro absorto frente a la gloria de un término que en su abstracción resulta incuestionable: (Patria, Dios, Redención, Verdad…) palabras que significan todo y nada en su pretensión de resumir la realidad sin posibilidad a ser descompuestas incluso entre sinónimos.

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Para el solemne la sola duda o burla o indiferencia ante la sacralidad de los términos puros es una afrenta a la moral y un insulto que convierte al insurrecto en un ser inferior; una piltrafa que merece el ostracismo, la cárcel o el fusilamiento. Y lo merecen, según el nivel de su neurosis, porque la realidad debe estar estructurada en una jerarquía de orden y no en el caos natural donde se cruzan las voluntades y el azar; la violencia del tiempo y la fragilidad de las disposiciones; los cuerpos y los días y el lenguaje, esa base ficticia de donde viene el dilema universal, negada o ignorada por los solemnes entre su ciega confianza en las palabras.

Los solemnes cantan el himno nacional con lágrimas exclusivas, se conciben únicos y bendecidos por haber nacido en un pedazo de tierra dividida en la imaginación de los primeros capataces de una historia dúctil, y arengan en el día veintejuliero las emociones del honor por una independencia que idealizan sobre las contradicciones. Schopenhauer lo decía mejor frente al nacionalismo alemán “Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse se refugia en este último recurso: el de vanagloriarse de una nación en la que nació por casualidad”.

No creen en las casualidades, por supuesto. Los solemnes no admiten que los cuerpos y los movimientos puedan cruzarse sin predestinación, y suelen creer que existe una idea real detrás del bullicio del vulgo que especula. Creen aún en la teoría del Mundo de las Ideas que imaginaba Platón desde esa Atenas idílica, y suelen defender también con lágrimas de indignación una Verdad que no puede atravesarse con los venenos del escepticismo.

Creen en la muerte como un designio y obstruyen la ley con demandas auspiciadas por los santos para prolongar los dolores de un cáncer feroz, porque en el sufrimiento se redime el mundo. Creen en la continuidad lineal de la Historia y en la sincronía de los siglos que llevan a la humanidad (a la que creen también real y única como un ejército sin distorsiones) a la liberación de su horror, progresivamente y sin estancamientos o respiros hacia la ensoñación del Estado incorruptible.

Son los mismos que creen que los procesos de paz son pérdidas de tiempo en la carrera de las sociedades solemnes y enérgicas, y un tropiezo en la defensa a sangre y fuego de la Patria para la honra de Dios. Creen que las negociaciones históricas son bajezas de un orgullo oficial, y que la aceptación de los errores por bando y bando es una humillación al intimismo ideológico. Creen que el tiempo debe continuar con el rastrillo de las armas para contener los resabios de los enemigos sin tregua. No dudan nunca, jamás sospechan, afirman y decretan siempre. Juran sobre sus mismos nombres que nada debe dialogarse porque todo es tan claro y real como las palabras, y todo es tan obvio y tan predecible como lo humano.

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