Para demostrar que la política antidrogas y la persecución a los consumidores es efectiva y recia, y tiene resultados visibles más allá de la retórica y la especulación, el presidente Duque viajó a Medellín acompañado de su equipo de comunicaciones: un comité que aconseja todo movimiento y palabra para posicionar su imagen con la mejor táctica de sugestión: el efectismo. Al borde del avión lo esperaba Federico Gutiérrez, el alcalde que conoce muy bien el uso de los medios, la imagen y los efectos del ruido. Entre todos, un bloque dirigido exclusivamente a la comuna 5, ya intervenida hace tres años y controlada de nuevo por capos medios y pandilleros vigilados, hizo una toma estruendosa con un desfile de motos y camionetas de operativos élite para cercarlos. El presidente, con gestos de hombre serio y mayor, y usando un radioteléfono como un alguacil de los estados del sur del país del espectáculo, ordenaba y pedía información detallada del avance de las tropas para poder ingresar y plantarle cara al nuevo rostro del enemigo común y poderoso: consumidores callejeros y jíbaros de esquina. Los resultados fueron los mismos de las redadas que los jueces no podrán enviar con medida intramural por falta de pruebas y soportes. Pero el efecto de la idea inicial ya estaba logrado: las filmaciones circulaban en horario prime time por el país y la noticia del operativo conjunto entre el presidente recio y el alcalde que saluda en los sectores populares con silbidos y manotazos de bacán eran suficiente argumento para demostrar que la seguridad estaba ya en las manos correctas, y que la sensación general de tranquilidad podía sostenerse porque el súbdito del presidente eterno tiene los huevos suficientes y el tesón para refundar la patria.
Pero las luces y las cámaras del espectáculo no han girado exclusivamente alrededor de esta política de relevancia moral para su gobierno de costumbres coloniales. Lo han hecho con todo: con Guacho y las cacerías siempre al borde de la captura definitiva; con el viaje del general Mejía al interior de la selva para la foto estelar; los disparos por la espalda que dejaron ileso al eterno fugitivo con un tiro de fusil Galil que puede atravesar un poste de luz; el sombrero antioqueño y el tinto, los caballos y las guitarras eléctricas, las piruetas de bailarín indomable; sus visitas protocolarias a todas las iglesias de tradición; su acento impostado para evocar esa bravura propia de su sombra.
No hay un solo acto de su movimiento que no contenga un trasfondo exclusivamente publicitario y efectista, ya que el argumento y la base teórica del uribismo son irreales. No hay norte ni enfoques sustentados para unificar y dirigir hacia un futuro pensado esta enorme legión de montañas y tribus enemigas que ha sido Colombia desde siempre. El sustento básico es el mismo de la derecha tradicional que cuida su privilegio sobre el horror de un progreso que los acorrala con sus comunidades y su diversidad reconocida, con sus libertades ascendentes, con la proliferación de las razas y la explosión de la identidad sexual. Ante su horror y su espanto por tanta realidad, no les queda más que idear una vez su mundo perfecto con tropas que sustenten pragmatismo y maquillaje para que la falla estructural nunca se note.