La romántica era del petróleo parece requerir ahora de la transfusión que requirió el carbón a finales del siglo XX, cuando la fragilidad de la sobreexplotación entregaba las primeras luces del desastre.
La renovación supuso unas nuevas mecánicas de reestructuración social y económica alrededor del nuevo Dios que permitía una nueva pujanza entre las competencias de un mundo que ha girado siempre sobre lo que reconoce como motor principal de sus recursos, aunque aún no los termine de entender, y siempre concluya suplantándolos por otros. El tiempo después de la renovación fue largo junto al ritmo de las ambiciones, y esa carrera alrededor del elemento sustancial y simbólico de la también simbólica riqueza, ha llegado, otra vez, al punto de donde solo puede retrocederse con la violenta marea en las narices.
La Primavera Árabe condujo a una disminución en la producción de crudo, y fue la primera piedra en el pozo que causó la ola del caos. Las posteriores guerras de Libia y Siria colapsaron las rutinas junto al flujo y la citada producción, y esos desiertos del oro negro fueron de repente las trampas del mundo que bebía y giraba alrededor de ellos, aunque el prejuicio y los estigmas los hiciera parecer una caverna ante la civilización de los dandis; así de simbólica y frágil es la geopolítica contemporánea, o lo era, porque todo parece reiterar en los primeros transcursos del año que la venganza de ese Dios caído repercutirá en otros derrumbes de Pseudo-Estados igual de frágiles como el petróleo, y en otras guerras civiles que revelarán lo mal que ha estado organizado el mundo sobre sus certezas.
El drama actual radica en que esa producción ha retornado a sus niveles conocidos, pero ha frenado su demanda. La inversión de la ecuación, por lo demás, no suprime los desplomes del mundo. Rusia se asfixia junto a las sanciones internacionales y se revuelca en el recuerdo del viejo “ efecto vodka” del 97, la depresión de la que solo resucitó por la impulsiva competencia interna que permiten los resortes al tocar los fondos; Irán se debilita paulatinamente bajo la presión de Arabia Saudita, la actual señora de las grandes reservas, que hará la fuerza más intensa para ver a su viejo enemigo gemir en las urgencias de un precio mayor del crudo, del que respira su economía en un 60% de ingresos por exportación. Venezuela y su ya estruendoso fracaso político y económico cae también, y solo le faltaba verse en la penosa traba del derrumbe del petróleo para recurrir a las súplicas cristianas para reinventarse, reinversión en que el ingenioso Maduro ha querido ayudar, además, entregándole luz verde a las tropas de su ejército para dispararle a las nuevas marchas que pretendan denigrarlo.
La marea negra regresa de los tiempos de su esplendor, y se traga de nuevo al mundo entre sus hoyos. La diplomacia tiene ahora la tarea grande de prevenir que las guerras se desborden entre los muros de las leyes internacionales: los débiles muros que sobreviven al desierto.