En los meses siguientes a su candidatura oficial, Gustavo Petro hizo estallar la algarabía de los juicios: todos los bloques unidos de la tradición económica y moral imaginaron lo imposible y conjugaron las posibilidades del desastre; una autocracia hereje y atea, una proclamación comunista pese a todos los atajos y controles del país más regulado del hemisferio, una dictadura de género, una versión tropical de Birmania, una feria de las reglas del fisco y ,según los teóricos banqueros más serios y más pulcros, una violenta fuga de capitales por el temor contagioso a su nombre y a sus medidas progresivas, un miedo generalizado que derrumbaría la estructura económica del país si el empresariado llegara a cerrar sus emporios en Colombia y decidiera irse para siempre.
Ese argumento sustentado solo en las posibilidades de un futuro imaginado ha sido el más usado por economistas y opinadores en los paneles de radio y televisión durante los meses previos a una primera vuelta que parecía revelar claramente los dos rostros de la contienda final. Y sigue siendo el argumento principal a pocos días de la jornada electoral definitiva. Lo usan con la sacralidad que inspira la inquebrantable solidez de la economía tradicional, esa maraña de nubes que solo puede sustentarse en la especulación y en la predicción poética del comportamiento de las bolsas. Pero lo absurdo de esta paranoia unificada alrededor de un misterio político no ha sucedido solo por la banalidad de las discusiones, enfocadas todas al antecedente guerrillero del candidato sin preguntarse si el perfil de esa guerrilla fue nacionalista o anarquista o marxista-leninista o pro-China o independentista o de nacionalismo negro o ultracatólico, dando por hecho que la palabra y su pasado definen exclusivamente un derrocamiento radical de todo lo que existe, sino por la ironía y la ridícula contradicción de sus miedos, porque justamente el fenómeno Petro es una consecuencia directa de una desestabilización económica creada por gran parte del empresariado nacional que ha evadido sus impuestos y ha escondido sus arcas en los paraísos fiscales del mundo. Esos billones perdidos y esa corrupción flagrante, sostenida desde tiempos inmemoriales, fundaron y agravaron la brecha social que hoy pide por necesidad y naturaleza una renovación de esa tradición caníbal.
Fue justo esa estructura delincuencial, ocultada con sorna entre los discursos delicados de una élite católica y formada en los mejores baños de moral y buenas costumbres, la que creó los barrancos históricos y las crisis que todavía escapan a la lógica y al lenguaje, y fueron esas mismas élites las que empezaron a matar a los candidatos extraños que empezaron a aparecer en escena rechazando la marginación y sugiriendo humanismo entre los dogmas económicos, y fueron ellas mismas las que estigmatizaron después los monstruos armados que crearon, y han sostenido ese discurso victimizante hasta hoy, alarmando y reproduciendo el pánico por un cambio y un nuevo candidato al que no pueden matar pero vuelven a marginar, porque puede destrozar la realidad y hundir la historia en una oscuridad apocalíptica de la que solo puede salvarnos una tradición bancaria estable, infalible y dadivosa. Que lo diga y lo confirme el abogado de banqueros, actual fiscal general y defensor de la nación, Néstor Humberto Martínez Neira.
Le puede interesar: