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Ministerio de niebla

27 de abril de 2018 - 10:30 p. m.

Ha sucedido todo lo imaginable desde el inicio oficial del posconflicto: crímenes sistemáticos contra líderes inermes, disidencias aún sin identificar, crisis humanitarias en departamentos sin presencia estatal, cargamentos históricos enviados desde el río revuelto de las culpas, sedes canceladas de otros procesos de paz, paramilitares retornando a la promesa terrorífica de la salvación de ese concepto también terrorífico de patria, y el Ministerio de Defensa, representado por el retórico Luis Carlos Villegas, sigue resistiendo las tormentas con los recursos de la retórica y los juegos de la distracción. 

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Mientras se incendia el Catatumbo entre las ráfagas del Eln y los Pelusos, nuevo pseudónimo del atomizado Epl, y mientras la cifra de desplazados supera los 6.000 en la semana que termina, el ministro aparece recorriendo a paso lento los pasillos de la capital como un fantasma, cierra levemente la puerta de su oficina de niebla y aparece en la mesa presidencial proyectando gráficos y porcentajes que concluyen otra realidad: los enfrentamientos son accidentes naturales entre la disputa territorial de las bandas, y los desplazados son hipérboles producidas por el miedo y la desesperación entre el retumbe apocalíptico de los enfrentamientos.

Pero ya es tradición que el ministro Villegas enfrente la realidad salvaje con argumentos domésticos, y quiera apaciguar los escándalos con discursos exóticos. Ya había intentado hace unos meses matizar la tremebunda evidencia del plan sistemático para matar intermediarios en la devolución de las tierras del conflicto afirmando que la causa de esos centenares de muertes era un lío de faldas pandémico, y lo dijo sin la mínima traición del rubor y sin la espesa saliva de los nervios. Y lo siguió insistiendo sobre todo el escándalo que desató su propia frivolidad entre el espanto, y dijo también que las disidencias de las Farc eran un riesgo menor, y que eran 700 hombres perdidos en la selva sin jerarquías ni ordenamiento, y entre tanta retórica y niebla omitió que la causa de ese desborde estaba justamente en las entrañas del Estado y que esa misma bestia desesperada se podía agigantar desde los mismos pasillos ministeriales de Defensa y del Interior por una razón básica y fatal: el incumplimiento operativo en la organización de las zonas veredales y las fallas logísticas para afianzar las promesas sustanciales del Acuerdo.

Las estrategias publicitarias del efectismo discursivo y las técnicas cínicas de la disuasión, tan afinadas en décadas de experiencia diplomática, podían servir en otro contexto y en otros años de sumisión general, pero ahora no: el Catatumbo es la región que sigue demostrando con toda crudeza la pusilanimidad del Estado para gobernar en su propia jurisdicción, y es una falla monumental de inteligencia militar que debía anticiparse al interés de las bandas sin ley en ocupar las zonas liberadas de sus amos antiguos.

Esas regiones estallaron en fuego y anarquismo en los primeros años del conflicto por la misma y exacta razón del olvido estatal, y siguen estallando ahora en un círculo vicioso de herencias armadas y negligencias administrativas. Es cierto que tanta realidad brutal y desmedida no puede reducirse al mando de un ministro en una oficina serena de Bogotá, pero podría entenderse mejor si se usan las palabras más justas frente a los muertos.

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