El simbolismo del apretón de manos entre Santos y Timochenko ha hecho de toda posible suspicacia contra los avances del proceso un humo viejo de pesimismos aislados.
Ya se sabía desde el anterior punto acordado en la agenda de los puntos cruciales, que el proceso estaba en un estado de no retorno, y que por primera vez, en la larga estela de procesos infructuosos por la desidia, la sospecha mutua y la idiotez, era posible prever una conclusión definitiva en un diálogo ambiguo: 60 años de vendettas, culpas combinadas y centenares de muertos navegando por los ríos del tiempo, heredándose en las décadas de la repetición.
Lo que siguen sin entender los soldados del guerrero frustrado que gimió sin vergüenza por la pérdida de la atmósfera bélica de sus orgasmos, es que esta historia de muertos solo tiene la única opción en el curso del tiempo de atravesar un proceso de Justicia en el que toda la realidad tradicional de los culpables y los héroes no existe, y toda esa historia fantástica de malevos y los policías impolutos que vendió el aura del patrioterismo era irreal, porque el destrozo total del país fue compartido y mutuo, y porque la barbarie fue un vicio, y cada uno en los bandos oficiales o en los cómodos balcones de este espectáculo de sangre puso una mina, una bomba, una metralla, una extorsión o silencio cómplice en las campañas generales del exterminio, y que ese modelo de justicia, adaptado solo a los países deshechos por la sevicia del resentimiento, tiene como fin repartir las culpas hacia todos los ángulos, y permitir con las penas acortadas en el tiempo que todo pueda resarcirse y construirse en un futuro lógico.
No hay otra opción y no hay retorno, aunque las filas del uribismo se aprieten más sus pantalones de generales de escritorio y su mayor general se infarte en sus ataques de rabia. Toda esa ola de parcialidad sobre un enemigo en común y único que debía exterminarse totalmente para salvaguardar la honra ahora expira bajo un proceso que pudo más con los acuerdos entre una elite sucia y una guerrilla mórbida, que con las M16 y con las ráfagas imponentes de un black Hawk que solo repartía balas para alumbrar las noches.
El Uribismo muere con los resultados de la diplomacia, y muere con la tendencia rastrera de responder con neandertalismo a los monstruos históricos. Pero no están apagados aún, seguirán allí, reverberando el odio cuando la política vuelva a reunir los bandos en escenarios contrarios a la selva, y seguirán implementando ese recuerdo viejo y trasnochado de lo que hicieron los otros, solo los otros. Seguirán allí, también, cuando llegue el momento de refrendar los acuerdos pactados en La Habana, y tenga el país raso que decidir si quiere lo acordado en estos años delicados de equilibrio, o la reapertura de todos los diques reprimidos de sangre que se pudieron ahorrar si los salvajes hubieran optado por educarse.
Álvaro Uribe seguirá en sus soliloquios de berrinche, compartiendo montajes noticiosos de un falso Daily News para cooptar a los últimos incautos, pero tendrán también que acercarse, la última desmovilización deberá ser la de ellos.