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Paraíso moral

15 de septiembre de 2018 - 01:00 a. m.

Aunque se tengan que morir todos en la lucha contra las drogas, dicen los obedientes inquebrantables de la moral y la ley que se mueran. Que caigan en las redadas que ha implementado la nueva política del orden si se quiere sostener el paraíso de las buenas costumbres; lo dicen mientras levantan el brazo derecho y dan un sorbo recreativo de un whisky en las rocas o de una cerveza en una esquina común; las mismas bebidas que hace 80 años, en los estados del puritanismo más rígido, tenían un estatus ilegal por imposición moral y por negación a las evidencias y a los contextos. En esa persecución se desangraron ciudades enteras y cayeron todos los cuerpos posibles entre el bando de la pulcritud y los suburbios; los cuerpos de seguridad y los comunicados de prensa presidenciales tuvieron siempre el tufo de la decencia religiosa que los obligaba a combatir las mafias del alcohol mientras los gánsteres de Chicago celebraban el mercado controlado entre sus propias reglas. El bajo mundo ilegal era oficialmente de ellos, y el licor jamás dejó de venderse y consumirse hasta que la razón sobrevivió entre la inutilidad de los muertos. La ley seca fue levantada y, en adelante, consumir licor en fiestas y velorios fue una tradición socialmente aceptada sin que el prejuicio lo redujera todo a la perdición de los espíritus y a la decadencia de la sociedad. La moral, de repente, giró sus obsesiones y paranoias de regulación de los tiempos a otros monstruos libertinos, y la costumbre reemplazó sus viejas taras y estigmas por otras versiones del divertimento sin que los bebedores ocasionales fueran tildados de alcohólicos.

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Aunque lo quieran negar, y aduzcan razones comparativas entre los efectos de cada psicoactivo, la historia es exactamente la misma, y el pulso entre la obstinación y las evidencias tendrá el mismo final y el mismo destino: la legalización y la regulación pública de sus excesos. Mientas tanto, todos los muertos que caigan en la lucha esquizoide contra los suburbios adinerados serán muertos inútiles, cuerpos del absurdo acumulados por la custodia romántica de un paraíso moral sin drogas ilícitas, aunque brinden con las lícitas los resultados de una guerra sin fin. Los peces gordos entregados en los partes positivos de la Policía siempre serán reemplazados por los peones de un juego que tiene el combustible exclusivamente en su demanda. Los consumidores serán siempre los mismos aunque tengan que comprar su dosis en la sombra o bajo la luz, en público o en las puertas del suburbio. Y los jíbaros serán siempre los mismos aunque tengan un nombre marginal o el título de dealer en un penthouse de Rosales. La terquedad institucional y la moral tienen sustentado su radicalismo en evitar a toda costa que las libertades alcancen todos sus límites por considerarlas perniciosas, porque conciben la realidad bajo las pautas de una prevención permanente a lo desconocido, y porque la sola idea de la legalidad les parece escandalosa aunque acepten naturalmente otros vicios que se encuentran exentos del señalamiento.

El gobierno leal a la moral y a la virtud seguirá demostrando entre capturas y redadas semanales que el fin del tráfico de drogas está cerca, y que el retorno al mejor de los mundos estará solo a una corta distancia de la desesperación. Los muertos entonces seguirán hablando, y pasarán otros diciembres legales con borrachos estallados en postes después de salir de celebrar los buenos tiempos de una sociedad que no declina ante la decadencia.

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