Arde Venezuela, como venía ardiendo ya en sus mareas internas económicas y en las políticas de imagen y sostenimiento desde los mismos tiempos del difunto Coronel que, desde la leyenda, sigue argumentado la continuidad del sustituto pese a la debacle de un proyecto que parecía sensato frente a las otras fuerzas de la represión. Parecía en los inicios conmovedor y aplaudible que por primera vez, en una historia adoctrinada y dirigida por los látigos ultras de la derecha, los estratos del sometimiento tuvieran la oportunidad de transmutar su voluntad y sus destinos. Tenía el aura romántica de los giros históricos que sugerían la posibilidad de los progresos sobre los estragos.
El mismo Coronel, concentrado en la defensa de sus años iniciales, recriminaba las posturas arbitrarias de gobiernos externos intentado recrear la imagen democrática sobre su trono. Tiempo después de los excesos, las distancias discursivas y lingüísticas son amplias y alarmantes y describen los desbordes del poder. No tiembla de pudor Maduro al contestar a una pregunta sobre uno de sus personajes predilectos de la historia. Sin dudarlo y sin rubor, contestó: Stalin.
Es evidente que entre sus intereses no se encuentra ya el viejo cuidado de la imagen, ni el cultivo de la diplomacia, ni la precaución de un exabrupto como ese. Desde la ingenuidad eligió al líder soviético por la similitud de su ascenso al poder por obra y gracia de un muerto, el de un caudillo carismático y seguro de sus lineamientos y obsesiones, por su progreso político en los escalones de la revolución desde sus años tristes y anónimos en las heladas de Gori, pero ignoraba que ese mismo sucesor, en la soledad convincente del poder pero asediado por los sarcasmos a su ineptitud política, se entregó a la paranoia criminal, y de la historia socavó una tumba sin fondo para todos los que se atrevieran a vulgarizarlo. La protección de su gobierno lo llevó a los límites de la venganza hasta querer, también, eliminar a sus ex colaboradores fugitivos y a su antiguo camarada y fundador del ejército rojo León Trotsky.
Olvidaba maduro, por ineptitud o por ingenuidad, o por los dos defectos conjuntos de los que tanto aparenta alardear en sus discursos increíbles, que al compararse con el hombre de acero, infundía la idea desnuda de su inclinación al arribismo y a las medidas extremas del control. Lo hace justamente ahora cuando intenta amedrentar la disidencia y la comunicación con los métodos del miedo (expulsiones y capturas) anula la existencia del disentimiento, Extingue todo germen de crítica, fulmina la posibilidad de los consensos.
Venezuela arde por las políticas fallidas de una evidente improvisación, y en la aureola del poder, fiel a su ídolo histórico, Maduro cumple los mismos principios de un mesianismo creciente, antes de la inmolación.