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Retórica en la Guerra

29 de mayo de 2015 - 07:33 p. m.

La retórica, tanto en la cómica cotidianidad de esta raza del lenguaje inventado, como en la guerra, donde el desliz de un discurso puede llevar a las carnicerías salvajes en cuestiones mínimas de tiempo, contiene el horror de decirlo todo y no decir nada, de acaparar la realidad y de anularla por el mismo brillo de un espejismo en el desierto.

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La retórica ha sido usada entre las dictaduras más atroces como mecanismo de hipnosis y seducción para justificar las barbaries más desbordadas desde la defensa pretenciosa de las ideas puras, como en las democracias hipócritas en las que el mismo lenguaje de la equidad logra tener el efecto del apaciguamiento, aunque el trasfondo demuestre una aberración continua.

El proceso de Paz en la Habana iba teniendo el tinte pragmático del progreso hasta el tercer acuerdo. Las partes parecían aferrarse a la realidad y a la Historia y demostraban en los avances que el lenguaje estaba dirigido a concretar soluciones precisas, y no a deambular en la retórica del resentimiento como argumento antiguo. Pero tuvo que estallar un error común y esperado en un proceso que intentaba sostenerse entre las balas del conflicto para que el discurso retomara de nuevo su pomposidad de viejas recriminaciones y paranoias trilladas para enclaustrarse de nuevo en sus mareas de sangre.

Las Farc intentan tildar ahora de retóricos a los medios por revelar sus errores y sus radicalismos histéricos, aunque los medios también hagan parte del conflicto por su lenguaje tendencioso, y el establecimiento intenta defenderse en la retórica de su empoderamiento de la realidad para avalar sus nuevos bombardeos. Es la espiral de un lenguaje que ha despegado de nuevo a la nubosidad de las ideas puras, en la que se defienden los conceptos también retóricos del Estado y de la Patria desde un bloque, y el concepto romántico de la revolución desde el otro, y ese concepto compartido y escupido de Pueblo, que se ha usado desde siempre en esta guerra sucia para defenderlo y masacrarlo desde bando y bando.

Santos parece estar perdiendo el norte del estilo diplomático que lo distanció justamente de su viejo patrón para girar la Historia, y cae en el error de la venganza para demostrar los pantalones bien puestos en un proceso que requiere de pinzas para desentrabar 60 años de culpas enfermizas. Las Farc caen también en el juego al aprovechar las salidas en falso del ejército para atacarlo aunque se quiebren las promesas del desescalamiento. Ahora recurren al lenguaje falso del honor para victimizarse, y esa espiral del absurdo emociona a los ultras de la derecha que esperan solapados un desliz más mórbido que la muerte de los 11 soldados para celebrar la interrupción definitiva del único proceso medianamente estable que ha podido concretarse.

Los países garantes del proceso, Noruega y Cuba, piden la pronta solución del nuevo ciclo en el escalamiento del conflicto que en una semana ya ha revelado la crudeza de los coletazos de la fuerza después de su receso, y piden lo que progresivamente empieza ser cada vez más urgente y lógico: el cese bilateral que permitirá que la retórica de los bandos aterrice de nuevo a las resoluciones prácticas.

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