Durante la campaña Napoleónica en Egipto sucedió lo que le suele suceder a los espíritus convulsos: el General y futuro emperador lo sospechaba al zarpar con 300 navíos y una comitiva de sabios hacia África para cercarla y descubrirla.
Su intención era cortar la arteria mercantil de los británicos entre los corredores del Cairo y de Damasco para sellar, por fin, su nombre sobre Europa, dominar las lenguas alrededor de su nombre y remover el polvo de la Historia y descubrir lo que podía elevar aún más los ávidos egos de Paris.
La expedición, tan colorida y pretenciosa, fue un desastre: una infructuosa campaña en Siria, unas pírricas batallas sobre los Mamelucos en el desierto donde solo quedó la resonancia de ese último discurso a sus soldados “Miren las pirámides: cuarenta siglos los van a contemplar”, una pérdida infinita de oficiales y una fuga vergonzosa y caótica en que se incendiaron los navíos y los buques por orden de Nelson, acabó con los sueños y las ínfulas del General, pero fue todo relativo, porque entre todos los tesoros descubiertos en la campaña iba Rosetta, esa roca del período Ptolemaico en que tallaron, alguna vez, un decreto en tres lenguas alternas. Era la piedra filosofal del pasado que permitiría comprender después los inicios de los jeroglíficos.
Quien Bautizó la Sonda que llevó al módulo Philae sobre la superficie del cometa con el nombre de Rosetta conoce bien la dimensión del nombre. Rosetta es el medio en que la humanidad ha introyectado su Historia y su transcurso por un mundo que no puede comprender aún entre los vendavales de la incertidumbre, y sin embargo resiste y continúa aunque el sentido de la resistencia sea nebuloso, escurridizo, o sea irreal y un invento de la misma raza para soportarse. Es el objeto que llegó de los primeros años del lenguaje para permitirnos entender en las estratagemas del miedo y levantarnos en la reinvención.
Sobre el futuro conocemos lo mismo que conocemos de la realidad y el tiempo: pura retórica y sensacionalismo revestido en un hilo conductor aparentemente dirigido por la voluntad y los sueños: nada. Pero se niega la especie a descreer y a derrumbarse, y reconstruye sus dioses o sus ritos para sobreponer todo el terror y los miedos, y sigue insistiendo en el descubrimiento aunque las conclusiones puedan revelar otros centenares de puertas selladas del misterio.
La Sonda Rosetta que implantó ese simbolismo en el cometa tiene la carga de toda una raza reprimida en la zozobra. Entre el aturdimiento de esa oscuridad que nadie entiende se perderá entre las estelas del frio hasta que el sol la desintegre y desintegre nuestros lapsos de tiempo, y vuelva el rastro de esta Historia a levitar en ese cinturón de piedras de Neptuno de donde alguna vez surgieron estos nervios, estos deslumbres, estos ruidos.
@Juandavidochoa1