El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Sin tacto y sin vergüenza

19 de julio de 2013 - 06:00 p. m.

Parece ya una actividad grotesca escribir sobre Alejandro Ordoñez. Resulta patético sintetizar el historial extenso de sus exabruptos; son todos irrisorios y caricaturescos como él: un fundamentalista decimonónico que ante la fuerza del futuro insiste en imponer su retardada letanía de caprichos. Siempre es sedicioso y predecible.

PUBLICIDAD

Su reciente intervención sobre las últimas noticias en el Catatumbo ha reiterado lo que ya era obvio y natural: que su oficio es la procura de un payaso en controlar el más triste y peligroso de los circos.

Ante el informe de la ONU sobre el paro que concentra por ahora la atención de los medios, el cual critica la ofensiva bestial de las fuerzas del orden sobre el legítimo descontento de los olvidados (infiltrados por la subversión, pero entendibles en los argumentos de su inconformismo) ha respondido Ordoñez, indignado y despótico, que la opinión de la ONU carece de tacto. Increíble.

El fanático que desde el cargo creado para el control disciplinario ha utilizado su poder para agredir y aniquilar los soportes de un estado de derecho, el dogmático perteneciente a una congregación radical que niega el holocausto judío, y se rehúsa a aclarar su posición ante los susceptibles, habla de tacto. Justa y exactamente la palabra que ha eludido desde siempre. 

Pero su falta de audacia para predecir sus estruendosas contradicciones sobrepasa la anécdota, tan predecible y superflua como él. En su discurso pomposo de orgullo estatal ha recurrido a un argumento realmente escandaloso. Intenta soportarse en la idea de un gobierno sin mácula, y afirma que la institucionalidad es fuerte y actúa  acorde sus principios. Increíble.

No puede entender que la continua sucesión de paros en regiones inconexas responde a la insistente ineficacia de la propia institucionalidad de la que habla tan ardiente y henchido de gloria. No entiende que el desplazamiento irrefrenable evidencia las posturas pusilánimes del mismo estado ante la asfixia rural. Ni lo más obvio; que la falta de tacto no es de los testigos ajenos o cercanos al conflicto en Catatumbo, sino de las mismas tropas enviadas a enfrentar con tiros de fusil la furia natural del hambre.

La corrupción canibalesca, la inoperancia del estado y la miseria desplegada sugieren el abismo de un estado fallido, y el procurador repite sin tacto y sin vergüenza su defensa  de la fuerza gubernamental. Su sectaria concepción humana le impide la visión del caos. No puede ver más que una absoluta división entre soldados e insurrectos, entre santos y malditos, entre paganos y ortodoxos ungidos por la gracia del cielo. Es él quien está arruinando aún más entre la polarización a esta historia de sangre. Es él quien fomenta desde el púlpito estatal el pretexto de los fanatismos.

Siempre es predecible, natural y básica su intransigencia. Y ya debería ser, para todos, un hombre de la tradición y la costumbre, pero no puede ser, no puede ser que a este país hundido en la depravación le sea natural que un hombre como él procure justamente su equilibrio. 

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias