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Siria

11 de septiembre de 2015 - 11:58 p. m.

Escribir sobre lo inabarcable de una región que desborda su mismo drama contemporáneo hasta la magnificencia de una historia de milenios de gloria destrozada, resulta pretencioso, cayendo también en la ya manida tormenta mediática que, una semana después del naufragio que atrajo toda la porno-miseria del espectáculo con el niño sirio ahogado en las playas de Turquía, ha cambiado de focos para atrapar lo estrambótico, omitiendo la dimensión de una noticia que está escribiendo una fecha histórica del mundo: la destrucción brutal del país más largamente habitado en el tiempo, y la evaporación de Damasco entre los bombazos y el resentimiento feroz que los expulsa a todos; una ciudad que fue el centro de la aparición misma de la civilización, y que desde hace 8.000 años resistió la travesía de los babilonios, y de los persas, y de los egipcios, y de los asirios, y de todo el paso del mundo emergente por sus tierras.

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Pero el drama contemporáneo no solo es Sirio, también lo vive Pakistán, Kirguistán, Irak, Yemen, Nigeria y Costa de Marfil, en la escala de migrantes por desplazamiento con causas violentas, y son junto a otros tantos países destrozados actualmente por la ola de las dictaduras que se negaron a caer, como por las que se cayeron y fueron reemplazados por órdenes gubernamentales inútiles, las causas del otro drama económico de Europa, que se ha visto acumulado por la obligatoriedad humanitaria de recibirlos.

El centro, sin embargo, sigue siendo Siria por la dimensión del desarraigo. Los focos apuntan a la espectacularidad del Estado Islámico como causa crucial de la migración acelerada hacia las plataformas continentales, pero la complejidad es aturdente para que quiera ser tratada en sus minucias, y aunque las minucias tampoco pueden ser comprendidas en términos exactos por la misma conjunción de hipocresías políticas e intereses cruzados en la región, hay unas evidentes: la persistencia de Bashar al-Assad como amo y señor de las tierras que quiere preservar por juramento a su padre, el déspota Hafez al-Assad, que implementó las técnicas del terror para la preservación de su casta; la no intervención de la ONU por la presión interesada de Rusia y China, extendiendo una guerra civil con municiones importadas; la desarticulación y desorganización de los rebeldes contra Assad, absorbidos por la sevicia de la guerra, y una causa más antigua e irónica, como suelen ser la mayoría de las realidades humanas; el viejo trazo caprichoso de fronteras que dibujaron Inglaterra y Francia después de la primera guerra mundial en Medio Oriente, fusionando etnias y religiones en territorios unificados que después convertirían su presión y odios enfermizos en las guerras que ahora tienen en vilo a la civilizada Europa de la xenofobia.

Lo curioso ahora también apunta a la tambaleante Grecia, que después de haber superado en teoría la presencia del Amanecer Dorado, el partido neonazi que logró vincular 18 diputados en el parlamento helénico hace apenas dos años, recibe ahora la andanada de los refugiados que entran por sus fronteras para quedarse, presionando a la Grecia histórica del nacimiento de la política y la democracia, y a la Europa fundacional de los derechos humanos y las corrientes humanistas, la practicidad de sus altas pretensiones, y el aterrizaje de sus progresismos.

 

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