Ese discurso del 20 de enero del 2009 en que Obama llegaba entre el asombro y la incredulidad a los registros de la Historia no era aún el culmen de su epopeya.
El aura que sobraba de esa gloria se vería agigantada aún más por la esperanza y los sueños de una generación que años atrás estaba desahuciada por los paradigmas Republicanos de la guerra total, y que esa noche, en la posesión del primer presidente negro de los Estados Unidos, creían que el mejor de los mundos posibles efectivamente lo podía ser, estaban frente a él, una imagen impensada en una historia azotada por las balas del prejuicio.
Eran los nuevos tiempos de la posibilidad, los tiempos de las proyecciones pretenciosas, y esos suspiros de humanismo hicieron de un hecho importante todo un reino de romanticismo que parecía no dejarse amedrentar jamás en adelante por los viejos monstruos del fanatismo, de la desfachatez del poder o de ese viejo delirio de las supremacías. Pero la ironía es cruel, y los sueños más grandes suelen llevar entre sus nubes el tinte de las pesadillas y la pócima de un veneno atroz para acabar de un tajo con todos los festejos.
Aunque pudo equilibrar la economía reventada en el 2008 y sostener ese sistema que parecía fatal, no sospechaba que la Historia le cobraría justo a él, el humanista y demócrata incorruptible, los coletazos de la invasión a medio oriente, magnificada ahora en una bestia más sádica y más delirante que Al Qaeda. Obama traicionó su campaña, su idiosincrasia y su futuro de sueños entre las sombras del pragmatismo de un imperio, esa palabra tan mamerta y retórica pero irrefutable. Sigue siendo un imperio en su imponencia y en sus exigencias históricas de sostenerse en el mundo aunque el carisma de su líder tenga todas las intenciones humanas de revolucionarse.
Traicionó sus intenciones altruistas frente a los inmigrantes, la comunidad que cimentó su propia gloria en la esperanza y la fragilidad de verse amedrentados por el partido alterno del patriotismo. Reventó su credibilidad desde los devaneos de un gran discurso, y entre esa brecha se coló la teoría de Murphy con sus plagas: el Ébola y las insurrectas carreras armamentistas de países enemigos, las peligrosas patanadas de Putin, las desabridas ofensas de su aliado Israel, los errores caricaturescos de su propio sistema de seguridad, el boicot esperado de los republicanos a su imagen ya denigrada por sí mismo, por el azar y por los rayos, y cuando otro tono de la oscuridad parecía imposible, estalla la ironía y su crueldad en Ferguson. Lo que sabían todos desde siempre estallaba otra vez pero en un símbolo ya intolerable. Un oficial acribillaba en 12 tiros a un menor desarmado en un condado torturado por los excesos de una fuerza que se escuda en la ley para reaccionar con las brutalidades del miedo, pero con la suma de una evidente pulsión racial que todavía no puede desterrarse aunque la presidencia alegue lo contrario.
Solo quedaba un hecho de un calibre así, de esa hondura y tamaño, para que todo el fracaso que denunciaba el partido republicano desde su pulmón herido se viera real. Solo tenía que suceder algo exacto para que la fragilidad de ese sueño se viera más horrible y humana. Pero la ironía podrá burlarse mejor de esta comedia oscura, porque esas lágrimas que se dejaron inflar por el discurso estético de Obama en el 2009, decepcionadas, tendrán que elegir ahora entre el legado de una desgracia y el carácter del partido adverso que vendrá con sus botas y pistolas dispuestas a proponer lo que un poeta romántico no hizo.