Se acorta el plazo para la elección presidencial, y empieza el tiempo de todos los estruendos; la última fase de persuasión que por tradición tiene la atmósfera de una contienda sucia de injurias y venganzas, de falacias y megalomanías burdas, de pillaje y trampas sin investigación; el tiempo del uso de todos los métodos y los recursos para anularse en una riña de espectáculo grotesco y alcanzar el trono a costa del prestigio y de la dignidad. Sucede en todos los países del mundo, pero Colombia ha sobrepasado en su historia los límites de la extravagancia, y entre todos los métodos de persuasión también han figurado aquí autoatentados cinematográficos y libretos preparados para demostrar la valentía y serenidad del iluminado en escenarios de pánico, y espionajes ilegales, y montajes judiciales orquestados en los sótanos de los despachos. No es de extrañar entonces que la jornada electoral más intensa y emocional de los últimos 50 años se desborde en infamias.
El partido que ha demostrado una tradición más amplia en embustes y maledicencia es, por supuesto, el mismo que tiene como centro de todas su comunicaciones los fundamentos naturales del fascismo: el Centro Democrático ha sido insistente en el uso tendencioso de la información para desvirtuar la realidad a su antojo; niegan lo obvio, afirman todo lo que carecen, sus partidarios hablan con el mismo tono de furia patriarcal y acribillan a sus contradictores con métodos afianzados de estigmatización; la experiencia los hizo zorros del desierto sin contendores válidos. Pero el fascismo campea con todos sus fuegos en el centro de su teoría política: repiten solemnemente el concepto de “Patria” como un mantra ceremonial; insisten en la importancia ineludible de fortalecer la bota militar como un símbolo y sustento nacionalista, y argumentan la trascendencia de una economía dirigista, que aunque no la nombren literalmente, lo hacen entre el discurso que defiende el fortalecimiento del mismo sector bancario que ascenderá con ellos en la contumacia del poder hasta el mismo círculo vicioso de la inequidad que los tiene sin cuidado.
Con toda la parafernalia y la retórica para defender lo indefendible y ocultar lo evidente, intentan sostener una imagen de candidez con la amañada serenidad de su candidato presidencial que sigue apagando los incendios extendidos por su mentor impedido a la negación de su vulgaridad congénita. Resulta patético ese teatro forzado de diplomacia sobre toda la represión de las venganzas que siguen orquestando para hacerlas reales el día soñado de la posesión.
Y para afianzar las posibilidades de ese retorno al dominio definitivo, parecen haber acudido de nuevo a la antigua táctica de seducir desde el riesgo: un posible atentado en contra del candidato Duque ha sido frustrado por los cuerpos de investigación. Sabemos que la criminalidad campea desde todos los flancos, pero ya es un lugar común esta noticia en cada cuatrienio electoral y resulta cada vez más sospechoso. Esperamos que el fiscal Martínez, con la misma efectividad con la que dictaminó que las balas en el blindaje dos de la camioneta del candidato Petro eran piedras, esclarezca cuál es el grupo que quiere atentar contra el comodín del Establecimiento. Hasta el momento, y según la prontitud, el plan criminal proviene de una banda delincuencial, y hasta hoy ese dictamen sigue siendo un chiste que se cuenta solo. ¿Cuál es el grupo criminal? ¿Cómo se llama? ¿Dónde opera y quién dirige? También pudo ser un lío de faldas: la hipótesis principal de la Fiscalía General de la Nación para explicar todos los muertos extraños de la provincia.