La emergencia sanitaria se extiende en Latinoamérica y el mundo, y las medidas y esquemas de contención resultan cada vez más ineficaces ante el contagio exponencial. En Colombia, país empantanado en el fango colonial, los efectos ahora estallan con la fuerza de todos los problemas conjugados: inequidad, corrupción profunda, un sistema de salud inútil y un gobierno sin talento y disparatado que intenta resolver la mayor crisis de la historia reciente entre el miedo y la ineptitud. Una tormenta perfecta sin planes alternos, sin reservas económicas y sin mayores recursos para la prolongación de la emergencia que seguirá extendiéndose por tiempo indefinido.
Es ahora cuando el presidente, presionado bajo las medidas sociales tomadas por sus homólogos, intenta entender los peligros de un país sin los sustentos básicos de subsistencia y resuelve desesperadamente con lo poco que queda de esa feria de ladrones y carroñeros que se lo llevaron todo. Desfalcaron los recursos con la anuencia de un sistema orquestado y dirigido exclusivamente para los bancos y los altos nombres del empresariado que invirtieron en los votos duros del poder. Ahora suplican comprensión y piden consciencia y humanidad sobre sus pocas posibilidades de manejo en una emergencia repentina que puede convertirse en una explosión social sin precedentes por física inanición y asfixia. No saben qué hacer porque los únicos recursos que quedan están en sus arcas, en propiedad privada, y no los extenderán ahora aunque la crisis los señale por avaricia y mezquindad. Las medidas bancarias para atenuar la iliquidez de sus deudores son cosméticas; extienden a mayores plazos las cuotas que mejorarán sus cifras, y las donaciones del gobierno central las reparten con los fondos de alcaldías que pronto se verán acorraladas por la insolvencia. Es un círculo de autodestrucción en una crisis sanitaria que lo arrasa todo en tiempo real y sin posibilidad a la improvisación o a un repertorio secreto para salvar, una vez más, las cajas de los monopolios. Y así parece estar cumpliéndose bajo el ruido espectacular del COVID-19 y su conteo alarmante de víctimas: los bancos siguen acumulando cuerpos en call center sin sanciones, los emperadores principales siguen en la sombra exigiendo el cumplimento de todos los pagos aunque nadie trabaje, y la imponencia gubernamental se dirige exclusivamente contra los evasores de una cuarentena que deben cumplir aunque se mueran de hambre.
No hay alternativas para la informalidad que ahora es reprimida con la crudeza de la ley. Pero sí las hubo cuando la banca necesitó un respiro y un soporte adicional a finales del siglo, y se extendió con adiciones aprobadas con celeridad y cumplimiento por los brazos del lobby y del interés mutuo del poder que ha compartido siempre sus rentas entre los mismos espacios y los mismos apellidos. Esa casta vanidosa y presumida que juzgó los discursos que exigían un mínimo de equidad como un remilgo de comunistas lastimeros es la misma que ahora implora empatía por los tiempos difíciles y por la inclemencia de un virus que lo sigue deteniendo todo. Les preocupa que la quietud les siga reduciendo los números sagrados, pero el mundo y su drástica mutación despejará la tormenta cuando todos hayan perdido algo en los fluidos del miedo.