La muerte en Colombia, por razones obvias, tiene una significación distinta y una familiaridad obscena.
Ese final definitivo de lo humano, desde un cuerpo, no suele transmitir la dimensión objetiva del asombro metafísico que debería transmitir. Culturalmente es el foco de un sensacionalismo distanciado de la víctima, descrita para el morbo de un público acostumbrado, que en la medida del tiempo pide distintas formas de morir para conmoverse.
Los espacios perfectos para sentir ese concepto cercano son los cementerios, claramente. Y suelen cobrar otra dimensión y otra trascendencia en la medida de su antigüedad. Los muertos centenarios hablan distinto a los muertos recientes. Los incursionados apenas en la muerte contienen el horror de transmitirnos la fragilidad y la conciencia de compartir con ellos el espacio pronto. Los muertos antiguos no. Ellos transmiten la dimensión más objetiva del tiempo, la trascendencia estética de una vida aparentemente inconclusa, la memoria de la finitud efímera de una carne emocionada entre la extraña realidad de las cosas palpables, la extrañeza de haber pertenecido al mundo y de haber reducido su complejidad al mutismo y a una lápida contundente.
Leí esta semana Tumbas de poetas y pensadores de Cees Nooteboom. Un magisterio en prosa que tuvo como objetivo justamente la comprensión más amplia del concepto de Muerte entre quienes se aferraron con sus obras a una permanencia indeleble en el mundo, y lo dimensionaron con otros ángulos para que fuera más soportable para ellos y para nosotros. Nooteboom intenta también desligarse de su conceptualización cultural frente al concepto, y en cada viaje hacia los distintos lugares del mundo, donde están las tumbas de sus poetas o pensadores íntimos, relaciona la trascendencia que tiene del movimiento de un vivo que traslada su cuerpo solo en la intención de dejarse conmover por la mortalidad de quien persiste aún en las memorias.
Más que una atracción natural por el misterio es una narración donde los muertos vuelven a cobrar su permanencia y afianzan su realidad desde la otra línea de lo verosímil. Y sobre el mismo Nooteboom hablan todos desde el tiempo en que enfrentaban también el temblor frente al lirismo de la muerte, Shakespeare aparece de nuevo con el monólogo de Macbeth frente al suicidio de la oscura Lady “ Y mañana, y mañana y mañana, con sus pequeños pasos días tras día nos llevan hasta la última sílaba del tiempo recordado, y todos nuestros ayeres alumbran con antorchas el camino de la muerte polvorienta” y aparece Beckett de nuevo con su tiempo voluntariamente invertido “Yo ya no sé cuándo he muerto. Siempre me ha parecido haber muerto viejo, hacia los ochenta años, y qué años, y que mi cuerpo daba fe de ello, de la cabeza a los pies. Pero esta noche, solo en mi cama helada, siento que voy a ser más viejo que el día, la noche, en que el cielo con todas sus luces cayó sobre mí, el mismo cielo que tanto había mirado, desde que erraba sobre la tierra» y Simone de Beauvoir responde ante la misma cuestión de la mortalidad “No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural porque su sola presencia cuestiona el mundo”.
Ese lirismo frente a la muerte matizó la noticia semanal, comúnmente asqueante, en la que el país volvía a recobrar su esencia de fosa común mientras intentaban desenterrar 200 cadáveres sin nombre y sin memoria en las laderas de la comuna 13, en Medellín.