Cuando los temas espinosos de Colombia parecieran agotarse en los círculos retóricos y en los lugares comunes de opinión, y el impacto y el asombro parecieran relegarse en la antesala de los dramas esgrimidos, salen, como en un guion previamente ensayado para una obra del teatro del absurdo, los arlequines de siempre a demostrar que la comedia es un trabajo serio.
Andrés Pastrana lanza su libro, ritual de ex presidentes en su insoportable levedad, pero antes lanza un abrebocas que resuena como setecientos truenos simétricos en los pasillos del morbo. Afirma que otro ex presidente, acongojado también en las angustias del tedio – Cesar Gaviria- es el perdido eslabón del proceso ocho mil. Debe tener pastrana conocimientos básicos de poesía, porque acude al viejo recurso de la sugerencia para que el público amplíe sus sospechas y las ensanche en la imaginación. No rebela pruebas ni narcocasetes en que puedan escucharse las palabras entrecortadas por las carcajadas y los gallos del ex presidente ni papeles comprometedores. Lanza una bomba saturada de chisme, y eso es suficiente para que todas las cámaras cambien de foco y el contexto nacional gire de nuevo. Gaviria recurre a la pirotecnia de su risa y responde que a Pastrana lo deben amarrar, porque a los dementes no se les demanda. Y esa es solo la primera escena de la obra, porque detrás riñen las duplas estatales del guion: Luis Eduardo Montealegre y Sandra Morelli, Juan Manuel Santos y Alejandro Ordoñez, Álvaro Uribe y su ex vicepresidente y cordero resentido Francisco Santos. Todo un esperpento de etiqueta. Toda una feria protocolaria de rasguños.
Lo que sorprende en la escena principal es la extraña autoridad moral a la que acuden Andrés pastrana para fustigar a discreción por cada impulso de estrés o de publicidad, y a la que acude el fustigado Gaviria para defenderse. Son justamente los dos, y un tercero innombrable, para no citar los infinitos nombres del linaje desvergonzado del poder, los eslabones fundamentales de un presente hundido. Pastrana y su proceso circense, su presidencia dromómana y su manejo ingenuo de la economía, la que llevó a Colombia a los peores declives del siglo. Gaviria y su pusilanimidad bajo el poder de la mafia y su apertura del neoliberalismo, primera puerta a los tratados que violaron los sectores que siguen estallando en silencio. Ahora tienen las luces del show sobre sus rostros para alardear de su decencia y de su pulcritud, como los tienen los actores secundarios de esta obra sin nombre y plagada de escándalo sin desenlaces previsibles: el procurador? repítanselo? invita al presidente a ser un hombre discreto, Sandra Morelli habla de rectitud, Francisco santos le pide coherencia a sus copartidarios, y Álvaro Uribe, el diplomático que amenazaba con darle en la cara a un contertulio, le sugiere a su borrego utilizar la gracia del aplomo.
De cuando en cuando la escena reaparece con mayor efervescencia y los papeles parecen trascender la atmósfera del absurdo que el mismo Samuel Beckett intentó llevar hasta los límites de lo posible. Y es lo imposible lo que sigue ascendiendo y restallando en el país más desangrado y contento de la tierra.