Los camiones de la ayuda humanitaria no lograron cruzar la frontera el pasado 23 de febrero, pero todos lo sabían. Lo sabía Guaidó, que conoce muy bien el espíritu y el comportamiento del régimen; lo sabía Duque, quien solo sirve de peón protagónico y efectista en la espada de Damocles de una vocería internacional; lo sabía Andrés Pastrana, el cretino sin talento que ha estado siempre detrás de las tormentas, y lo sabía Trump, quien mueve los vientos a su favor en una presión con falsos lemas de humanismo y muchas escalas al incendio.
Nicolás Maduro, en su creciente desesperación y aturdimiento, no iba a dejar que un desfile de camiones cargados hiciera un ingreso triunfal y propagandístico entregando los víveres que su paraíso fracasado no puede dar. Esa imagen mundial significaba el titular de su derrota, la rendición definitiva de sus arcadas de furia y la humillación de ese orgullo militar al filo de la historia. Pero en el mismo filo de las posibilidades y estrategias, el Grupo de Lima y la oficina central del Palacio de Nariño lo orquestaron haciendo uso de un eslogan falso: ayuda humanitaria.
La derecha colombiana no ha demostrado nunca esa vocación, salvo para la permanencia de sus círculos, y Estados Unidos ha trabajado bajo la misma hipocresía de ese eslogan cuando sus intereses y dominios peligran. Nunca han cacareado su indignación contra Arabia Saudita, el principal reino violador de derechos humanos del mundo y aliado ilustre en las firmas de Washington. Al príncipe asesino y torturador Mohammed bin Salman, le dio la mano sonriente Donald Trump en su visita estelar, y se movieron juntos en el baile popular de las espadas. Tampoco lo hicieron nunca con los estragos de Sadam Hussein, su histórico aliado, salvo cuando fue estratégica la traición usando una excusa falsa y emocional.
El silencio cómplice con las dictaduras ha sido flagrante y nunca han sido relevantes los muertos ajenos, ni las hambrunas, ni la decadencia. El discurso humanista es un viejo truco usado por todos los flancos ideológicos para maquillar la real politik, un pragmatismo económico o partidista que no puede nunca revelar su esencia por inconveniencia natural. Así que ese discurso altruista con la desgracia de Venezuela no solo es falso, sino además un manoseo del momento y de las víctimas para aplastar la imagen de los movimientos de izquierda en la región y aprovechar los réditos de su desplome. Colombia lo hace para desacreditar definitivamente cualquier vinculación con sus partidos enemigos usando el estigma de un régimen inepto en materia política como un espejo permanente para posicionar sus teorías: un neoliberalismo feliz que crece agigantado en el rio revuelto de su antítesis. Estados Unidos, por su parte, lo hace conociendo muy bien las utilidades e intereses de Rusia y China en PDVSA, y los enormes beneficios en la carrera económica mundial que traería la derrota definitiva de sus dominios en la región.
Iván Duque, ingenuo y manipulado por su séquito y por las órdenes de Washington, resulta cada vez más una figura trágica. Es la imagen protagónica de un cerco diplomático predeciblemente inútil que en el filo de las posibilidades solo deberá recurrir a la violencia ya sugerida por muchos de quienes antes le sugerían diplomacia y una elegante postura de estadista. Ahora intenta con temor bajar el tono del creciente guerrerismo que lo empieza a atragantar como un veneno servido por propia pócima política. El artificio lo acorrala lentamente en la desgracia de su inexperiencia. Cuando estalle el Palacio de Miraflores entenderá la dimensión del juego.