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Zuluaga y las pulsiones del tercer reino

09 de mayo de 2014 - 09:37 p. m.

Aunque suelen ser el juego ilusionista de los grandes emporios y las maquinarias para fomentarse y permanecer en las lenguas y en el tiempo, las encuestas, como los ríos que suenan y arrastran piedras de verdades sutiles, empiezan a hablar.

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Y lo que dicen en la antesala de la elección presidencial sugiere de nuevo lo que ya permanecía entre las viejas obviedades: que el país, sordo y sediento de morbo y envenenado con el mismo rencor que lo sumió en los suburbios paramilitares de la insania, quiere de nuevo y en porcentajes peligrosos el auge de un tercer reino.

Zuluaga, el títere y portavoz del resentido incurable, que en entrevistas y discursos intenta convencer con las posturas y los gestos exactos del patrón, porque su parquedad le impide llegar a las masas urgidas de histrionismo para conmoverse, disputa ahora en las encuestas el ascenso al trono junto a un presidente que, entre la improvisación de sus esquemas y la presión de su alianzas, procura sostenerse sobre la única idea sensata en el país de los muertos: el fin del conflicto, el cierre de un disparate histórico, aprisionado en fortines de droga y de persecución, de terquedad romántica y fustigamiento con inversiones astronómicas de dólares para que el trueno de las balas oficiales convenza a los imbéciles de que una férvida venganza es más activa y excitante que una aburrida logística en educación. Para que todos entiendan, al fin, que la autoridad existe como debe existir, intransigente y abrupta, y que después del carácter y de la intimidación no hay partido ni pedagogía que valga porque los pura sangre de la verraquera ejemplar no ceden nunca.

Aunque el proceso de La Habana se encripte y transcurra entre el resentimiento y a regañadientes, la historia y sus círculos de insania tiene que parar sus grifos de sangre, y lo sabemos todos, salvo las filas del señor que quiere el remonte de la rabia y las infiltraciones a la disidencia por sospecha, y el rearme de todos los ejércitos para elevar la acción y el éxtasis de la matanza, y convocar la inteligencia a todas las formas de lucha, como sus bloques enemigos, y reafirmarse en el poder desde la antigua idea de la imposición, porque su obtusa prioridad sigue siendo la brutal simpleza de la fuerza.

Por eso suena tanto a discurso impostado y a libreto aprendido el monólogo de Oscar Iván cuando repite sin creérselo, con sus hilos tensos sobre el teatro de la independencia, que su interés es la educación de un país embrutecido, y que el enfoque prioritario es la renovación económica y cultural.

Tras la sombra de su tímida espalda, todas las ráfagas del odio hablan por él.

@juandavidochoa1

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