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Adiós a Morente

02 de febrero de 2011 - 10:00 p. m.

EL PASADO 13 DE DICIEMBRE MORÍA Enrique Morente, el genial cantaor granadino. Moría en un mes en el que nadie debiera morir; pero es sabido que la muerte no respeta calendarios.

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Aún retumban en Granada los ecos de esa potente voz que, ora viajara por los cauces de la alegría, ora por los del dolor, siempre sabía conmover. Y es inmenso el vacío que ha dejado en el mundo del flamenco su talla sin par, como inmensas son las pérdidas de los genios para el arte, para el mundo. Murió a los 67 años de edad, aunque, a decir verdad, parecía bastante más joven. Bien una vida dedicada a la alegría del arte, bien los múltiples proyectos que tenía en curso no lo habían dejado envejecer.


Maestro en la ortodoxia del cante jondo —de él se decía que era capaz de cantar los cuarenta y nueve palos y medio del flamenco—, fue también renovador de éste. Hizo fusiones con el rock, la música árabe o la hispanoamericana. En sus obras encontramos versos de distintos poetas (García Lorca, San Juan de la Cruz, los Machado) que sazonan su arte. Incluso grabó un sentido homenaje a Miguel Hernández en el año 1971. Por lo demás, siempre se hizo acompañar el granadino por las mejores guitarras flamencas; entre ellas la de Manolo Sanlúcar, la de Sabicas, la de Juan Habichuela y la de su hermano Pepe Habichuela. Por sus méritos musicales se le otorgó, en 1994, el Premio Nacional de Música que concede el Ministerio de Cultura de España; fue, valga recalcarlo, la primera vez que tan respetado galardón recayó en un artista del flamenco.


En los últimos años, cuando actuaba en vivo, pasadas las primeras canciones, pero vivas aún las emociones que su arte despierta, solía decir: “Necesitamos refuerzos”, y de inmediato aparecían en el escenario su hijo y sus sobrinos (digo yo que lo serían) a llevar las palmas y acompañar la música con el zapateo. Aún recuerdo con mucha emoción las ocasiones que pude asistir a sus conciertos (la última fue con mi amigo Lucho —Luis Aldana— en La noche blanca del flamenco en Córdoba). Muy memorable, de entre ellas, fue aquella vez (seguro que el doctor Miguel Ángel Pérez, con quien asistí, todavía lo recuerda) en la que, acompañado de la guitarra de Juan Habichuela, en el palacio de Carlos V en la Alhambra, clausuraba la edición del Hay Festival que en aquel año se había organizado en Granada y que también presenció, emocionado, Umberto Eco.


Velaron al artista en el teatro Isabel la Católica de la ciudad de Granada. Aquella mañana de finales de otoño, en la que se oía, musical, el fluir de los chorros de la Fuente de las batallas, no fui capaz de pasar frente al teatro —acaso por no reconocer como legítima esa muerte que hacía presencia en diciembre—, sino que, desviando el rumbo, subí por el pasaje Ganivet, quizá buscando sombras del maestro, huellas de sus caminos, gestos caídos antes de su partida, camino al Albaizín, el barrio que lo vio nacer y el barrio en cuyas calles estrechas, de cármenes blancos con ciprés, se siente viva, incesante, su presencia y los ecos perdurables de su flamenca voz.


atalaya.espectador@gmail.com

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