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Candidato a doctor

15 de noviembre de 2018 - 12:00 a. m.

Vivimos en el país de los doctores. Basta ponerse una corbata para que cualquiera reciba el honorable tratamiento de doctor. Basta con que cualquiera se baje de un carro ostentoso para que reciba el digno tratamiento de doctora; que en esto no hay diferencia en cuanto a los sexos.

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En países más civilizados y, por ello, más respetuosos de las tradiciones, el título de doctor se dispensa, sin lugar a ambigüedades, a quienes han culminado con éxito un doctorado. Por alguna confusión en las jerarquías, no obstante, en el país de los doctores se prodiga también el “don” y el “doña” con inusitada liberalidad. Constituía un antiguo tratamiento de respeto que, por su dignidad, recibían muy pocas personas notables del entramado social. Eso era antes, ahora se le antepone a todo aquel al que se le niega la cortesía de conocerle el nombre completo con su o sus apellidos. Por esta transmutación de los apelativos vinieron a ser dones y doñas los maestros de obra, las dueñas de cigarrerías y los dependientes de las tiendas de barrio.

A esa prodigalidad y a esa exageración en el trato de doctor a tanto don nadie que ni siquiera llega a bachiller (vean ustedes, por ejemplo, al honorable parlamentario que funge como presidente del respetado Congreso de la República) viene a sumarse a la ya abigarrada fauna nacional una nueva categoría que opera también como tratamiento honorífico y como seña de distinción. La he visto aparecer, aquí y allá, en las hojas de vida de personas ilustres y no tan ilustres, acompañando las rúbricas de sobresalientes y mediocres columnas de opinión o firmando programas de gobierno y reformas políticas. Esa nueva categoría de distinción nacional es, como lo habrá adivinado el lector, la de candidato a doctor.

Es obvio –en este país de gente estudiada y estudiosa, en este país de candidatos a doctores– que se trata de una categoría que conoce diversos grados de profundidad, pues también hay candidatos a maestrías, a especializaciones y hasta a diplomados…

Si es menester el haber culminado el doctorado para recibir dicha distinción y dicho apelativo (en Colombia, claro, ni siquiera es un formalismo; tan sólo es un decir), ¿qué debe cumplir el susodicho para proclamarse (para autoproclamarse, en verdad) como candidato a doctor? ¿Basta la mera intención de hacer un doctorado? ¿Se requiere, quizás, de mayor esmero y mayor disciplina o se refiere, tal vez, a intrincados trámites burocráticos? La respuesta no es clara ni, en todo caso, unívoca. Lamentamos no poder otorgar ilustración suficiente a nuestros lectores. Pero, hasta donde nos ha sido dado averiguar en la Atalaya, parece ser que el candidato a doctor de una universidad es todo aquel que presentó los papeles de inscripción.

Aunque con los tiempos que corren, no es poco.

@Los_atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

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