TERMINÓ LA MÁXIMA FIESTA del fútbol y como suele suceder después de cualquier carnaval se aposa en el alma cierto dejo de melancolía y un delicado desasosiego por tener que volver a la diaria rutina.
Bastaba ver el desconsuelo en la cara de los aficionados, el sutil vacío que se apoderaba de los corazones los días en que no había partidos programados, para constatar que serán largos los cuatro años que debemos esperar para que retorne el campeonato mundial. En estos momentos en que ya terminó el espectáculo, sólo los campeones pueden disfrazar la nostalgia que produce el fin de la fiesta pues gozan aún de las mieles del triunfo, de los amores de la victoria (victoria que une a los vencedores en una misma ola de alegría y de entusiasmos; en esta ocasión celebra la madre patria, creo que de manera merecida).
Los otros se sumen en el mutismo y en la reflexión: debí haber jugado de esta forma, debí haber movido esta ficha, si hubiese hecho esto, si hubiese omitido aquello… Y van labrando en el silencio de sus corazones triunfantes estrategias para obtener una victoria imposible, como en la vida misma. Ninguna de ellas podrá cambiar lo sucedido, pero me atrevo a pensar que esa sutil estratagema de edificar triunfos improbables sobre batallas idas es una de las formas de la esperanza. No obstante, ni al más optimista escapa el hecho de que terminó la fiesta y ninguna de sus hipótesis podrá modificar el desenlace.
¿Qué hacer entonces? Pregunta profundísima que cada quien habrá ya reflexionado el domingo pasado, tras el partido final del torneo, y variadas serán las respuestas como diversos son los corazones. Cada quien, según su talante, tratará de seguir su vida sin el carnaval. Hay aficionados realistas que se sumen en la melancolía; los hay laboriosos que piensan desde ya en la próxima fiesta, como esos pueblos que una vez terminado el carnaval y recogidos los pertrechos, se ponen a planear el próximo para que sea aún mejor; para que sea el mejor. Habrá países que piensan ya en la próxima fiesta, como ya piensa el próximo anfitrión en la organización del evento. Ojalá nosotros tengamos dirección y estrategia para ir al siguiente. Acaso me engaño con ello, pero el colombiano es un pueblo esperanzado…
Sea como fuere y mientras llegan los partidos de las eliminatorias para ir al Mundial, debemos continuar y entonces no resulta baladí recordar que hoy comienza el torneo nacional y que estamos a tiempo para vestir nuestras camisetas y ondear nuestras banderas, para asistir al estadio y sublimar nuestras pasiones; para olvidar nuestras penas, pues el fútbol es terapia y es vida a un tiempo. Y tal vez, entonces, podamos seguir pensando que mientras haya fútbol habrá esperanza.