NO APETECE EN DICIEMBRE SINO sentarse a la mesa para departir con los suyos. Que reine la alegría, que reinen el sosiego y la concordia. Todo ello sazonado con típicas viandas navideñas –natillas y buñuelos incluidos– y encantadores licores que hacen las delicias de los que se toman el diciembre.
No dan ganas de cumplir con la rutina ni de levantarse temprano ni de dejarse atormentar por el agobio que causan los problemas, sino de reunirse con los seres queridos para que la compañía amaine la soledad de nuestros días.
Son las luces en la ciudad, es el sentir cerca las vacaciones, es la promesa del cambio y el descanso la que hace que se respire en diciembre un aire nuevo teñido de antiguas reminiscencias y olvido –a pesar, claro, de la banalización que quiere el mercado oprimir lo que aún tenía de singular y admirable este mes conmovedor y hermoso–.
Pero es también una distinta disposición en los espíritus –acaso por esa misma promesa de renovación que ofrece el año que viene– la que hace que el mes sea más llevadero, aunque no dejen de afligirnos ciertas heridas, tanto más en este mes que quiere compartirse incluso con los que no están. Se deja uno llevar entonces —por no se sabe cuál influjo misterioso de fin de año—, por el aire incierto de la memoria que nos va guiando por caminos olvidados pero soterradamente presentes, que nos transportan a aquellos días felices y tristes que son las navidades ya idas, las de la niñez, por ejemplo; y cada quien se demora en entrañables reminiscencias, en remembranzas de otros días, que son el vivir… Todo ello como bajo el manto sutil de un diciembre o de un sueño como queriendo huir de la inminencia de las obligaciones. Ocurre que esa luz de diciembre que impregna la atmósfera, esos cánticos que bailan en el ambiente, esos deliciosos convites lo sumen a uno en una plácida ataraxia y un sutil olvido. No obstante, hay deberes inaplazables porque de ellos dependen otras personas y otras instituciones. Esto cavilamos los centinelas de la Atalaya mientras nos preguntamos, contemplando el horizonte con una mirada vaga, como queriendo eludir lo inminente, quién –ya entrado el diciembre con su jolgorio y con su alegría– habrá de escribir la columna, aprovechándola, quizá, para desearles unas felices fiestas a nuestros lectores. Todo ello cavilamos, con el vaso en la mano y la tranquilidad en el espíritu –porque ¿qué más se podría anhelar en diciembre?–, sin siquiera darnos cuenta de que la columna, por muy inverosímil y muy antidecembrino que parezca, ya está escrita. Hela acá. ¡Felices fiestas!