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‘El atentado’

29 de febrero de 2012 - 06:00 p. m.

Hace un par de meses leí un curioso libro del escritor holandés Harry Mulisch. El libro se titula El atentado. De Mulisch tenía yo noticias desde que en el año 2009 me hablara mi amigo Jelmer Birkhoff con emoción del autor y de su obra, y desde entonces buscaba algún libro suyo sin mucho tino.

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Estando de viaje, en diciembre del año pasado, cayó en mis manos un ejemplar del libro, que Maritza Mendiola, profesora en la Ciudad de Méjico, me regaló por mi cumpleaños. No sabía que su obra estuviese traducida al castellano. La Editorial Tusquets ha traducido al español varios de sus títulos. Es curioso el camino azaroso por el que llegué al autor y llegué al libro. Es curioso, digo, porque el libro habla de las casualidades, y de cómo ellas van marcando la vida de los hombres.

La historia comienza en la Holanda de la Segunda Guerra Mundial, ocupada por los ejércitos del régimen nacionalsocialista alemán. Pero no habla de la guerra, sino de las profundas y dolorosas secuelas que ella deja en un alma y en una nación. Y por ello traigo hoy el libro a colación: porque tiene mucho que enseñarnos en este atribulado país tan golpeado por una guerra absurda; como todas. El libro nos habla de un hecho aparentemente arbitrario que desencadena un doloroso drama, y de cómo el protagonista enfrenta el porvenir para intentar perdonar, y hasta olvidar. Y sin embargo, las obstinadas circunstancias le imponen, una y otra vez, la obligación de recordar. La obligación de mirar al pasado.

Sólo al final del libro se aclaran los obscuros móviles que signarían la vida entera del protagonista, Anton Steenwijk. Pero cada episodio va mostrando que tuvieron razón, alguna razón, los que así obraron, para así actuar. Y nada de dolor ni mal alguno le resta al corazón y a las circunstancias el que se hayan producido conforme a razón —además, el libro enseña que no hay azares, sino decisiones entreveradas—, nada de dolor ni de mal, decía, le resta al mundo, pero por momentos sosiega poder comprender.

Este libro que habla de los comienzos y de las circunstancias, este libro que versa sobre las casualidades, este libro que enseña que «un comienzo nunca desaparece, ni siquiera con un final» y que por ello recuerda que el dolor nunca cesa, sólo comienza; este libro que nos habla del mal y de la muerte, del peso fatal —literalmente en este caso— de las decisiones, es, sin embargo, un libro esperanzado. O eso creo, porque es la historia de un hombre que quiere olvidar.

Anton Steenwijk quiere olvidar, aunque la crudeza del mundo no se lo permita. Tal vez esa hermosa decisión de vida debamos aprenderla todavía en Colombia y en otros muchos países, aunque en ella se nos vaya la vida entera.

Cuando supo Jelmer que iba a leer el libro, me escribió: «es una historia simple, pero muy refinada». Y estamos de acuerdo. Y fíjense ustedes en la coincidencia: no puedo pensar en una virtud más simple y a un mismo tiempo más refinada que la de aprender a olvidar.

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