Se quejaba Jorge Carrión, columnista español, en su cuenta de Twitter porque había recibido un correo electrónico un domingo. Su lamento, a la letra, decía: «Los domingos por la tarde recibo muchos emails de trabajo, porque mucha gente usa esas horas finales de la semana para hacer lo que pudo hacer en horario laboral. Pero deberíamos negarnos. Que el domingo vuelva a ser sagrado: sagrada pereza, placer sagrado, sagrada desconexión».
Bienaventurados los que pueden descansar los domingos. El reclamo impersonal del escritor a mí me interpeló porque por la carga laboral de los últimos años dedico los domingos no sólo a trabajar, sino, cuando cae la tarde, a intentar poner al día mi correspondencia.
Resulta obvio que si el correspondiente en cuestión escribió su mensaje el domingo no es porque no le guste descansar, sino porque no tuvo mejor momento (es decir, no tuvo otro momento) para hacerlo.
Días después recibí un correo electrónico de una artista plástica enviándome su portafolio con el propósito de que lo estudiara para preparar una entrevista. El mensaje tenía copia a la persona con la que en ocasiones realizo estas entrevistas. Respondí el correo unos minutos después; apenas pude. Horas después recibí de mi amigo un mensaje recriminatorio a mi WhatsApp. Habituado a su cómodo horario de oficina, me decía que los domingos no son para trabajar.
Si la artista en cuestión y quien ahora escribe estas líneas resolvimos escribir sendos correos electrónicos un domingo es porque no encontramos otro momento para hacerlo; no porque nos guste dañar el descanso de colegas y amigos, ni afear, a quienes lo honran, el día del Señor.
A mí entonces, habituado como estoy a trabajar los domingos desde hace muchos años, no me parece raro recibir un correo y responderlo en el acto si puedo o unas horas más tarde, cuando lo permiten las tareas. Lo que sí me resulta absurdo es el reproche de Carrión que exigía descanso pleno los domingos. Es claro que nadie lo estaba perturbando, ni siquiera lo reclamaban (no lo estaban llamando, por ejemplo, a su teléfono personal). De todo esto se deja ver, entonces, que el tiempo es relativo y que los domingos no son de ocio para todos. Supongo que al columnista en cuestión le gusta salir el domingo a comer a un restaurante o a tomar una cerveza al bar, donde otros están trabajando para que él pueda gozar de su, quizás, merecido descanso…
Reciba y lea usted, señor columnista y descansador de los domingos, sus correos electrónicos cuando quiera, cuando le guste, cuando le venga en gana, que los demás escriben cuando pueden.
Posdata. Se terminó de escribir esta columna el domingo a las 9 de la noche.
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