Terminó el domingo pasado la exposición sobre el período temprano de Fernando Botero, que conmemoraba los 70 años del comienzo de su producción artística.
La muestra, curada con acierto y con gusto por Christian Padilla, recogía una serie de obras de un lapso que iba desde 1948 hasta 1963. Puesto que la mayoría de las piezas provenían de colecciones privadas, la exposición constituía una ocasión valiosísima para acercarse a un período del maestro que, en Colombia, es poco conocido y que, sin embargo, es uno de los más interesantes de su prolífica carrera artística.
La amplitud de la selección, que contaba con un total de 54 obras, permitía hacerse una idea suficiente de estos tiempos en los que anduvo el artista por Colombia, México y los Estados Unidos.
Una de las piezas más importantes de la muestra era La camera degli sposi (homenaje a Mantegna), expuesta por primera vez en Colombia. Elaborada sobre una discutida versión anterior —que no obstante las críticas le valió el primer premio en el Salón Nacional de Artistas de 1958 y cuyo paradero se desconoce en la actualidad—, el lienzo lo prestó el Hirshhorn Museum de Washington para la ocasión. Teñido con una paleta que en cierto modo es característica de esos años, el espectador aprecia una pincelada libre y una tonalidad y unos motivos que pueden decirse expresionistas. En recuerdo de la pieza de Mantegna, que había visitado Botero tiempo atrás en Mantua, logra recrear de manera irreverente o en todo caso heterodoxa una obra renacentista que el maestro estudió con rigor y con profundidad.
Además de la influencia del Renacimiento en la obra de Botero —influencia que él gustoso reconoce, en especial aquella tan decisiva de Piero della Francesca—, se percibe el tono del expresionismo abstracto en la paleta y en ciertos motivos, y del movimiento artístico mexicano, en particular del trazo y del color de Rufino Tamayo.
Se trató de un período decisivo en la configuración del universo pictórico y de las maneras que cristalizarían en una de las obras icónicas de nuestro tiempo. Homenaje, pues, merecido y conmovedor, en el marco sin par del Museo Nacional de Colombia, en el que se podían contemplar diversas facetas del maestro, que van desde sus acuarelas tempranas y sus ilustraciones en el periódico El Colombiano, pasando por pinceladas gruesas y figuras estilizadas, hasta las obras en las que ya el volumen —elemento definitorio del universo artístico de Fernando Botero— se afianzó de manera cabal.
* @Los_atalayas, Atalaya.espectador@gmail.com