Es mucho lo que habría que discutir sobre los nuevos límites de velocidad que la Alcaldía Mayor de Bogotá instauró en semanas recientes.
La medida, que parece razonable pues busca disminuir las tasas de accidentalidad, puede ser que a la larga se muestre perjudicial. No sólo porque los tiempo de desplazamiento se pueden incrementar considerablemente, sino porque ese límite de velocidad podría suponer un peligro para quienes se desplazan en los vehículos particulares.
Lo primero porque, como se mostró en la columna pasada, los límites de velocidad que imponen las vías de la ciudad (y del país) parece que se pensaron hace muchas décadas y, evidentemente, para carros que tenían otras tecnologías. La mayoría de carros (por no decir todos) que hoy circulan en Bogotá pueden desarrollar una velocidad de 50 kilómetros por hora en pocos segundos. Pese a que esa tecnología ha conocido un desarrollo paralelo en términos de seguridad vehicular (frenos, airbags, etcétera), las autoridades se empeñan en mantener límites de velocidad que, frente a estas nuevas tecnologías, no sólo se muestran exiguos sino francamente ridículos. Decíamos que siguiendo los límites propuestos por las autoridades de tránsito, un viaje entre Bogotá y Medellín podría tardar más de dos días.
Pero hay más: sólo en las noches, digamos después de las diez (o de las once de la noche para ciertas vías) comienza a ser posible alcanzar la velocidad que la nueva norma veta. Ocurre, no obstante, que a esas horas, cuando hay poca gente en las calles, resulta no sólo un absurdo sino hasta un peligro transitar a velocidades tan bajas como las que exige la nueva norma, pues se exponen los conductores a todos los atropellos y todas las inclemencias a los que la inseguridad ha sometido a los bogotanos y a los colombianos desde hace tantos años.
Parece, sin embargo, que quienes piensan las normas sólo consideran una arista de la realidad; más aún: parece que esta, como otras muchas normas del país, están pensadas para ir en detrimento de los ciudadanos. Y con respecto a ese límite absurdo de velocidad, al que someten los viajes de alimentos, de mercancías y, claro, de personas, sólo podemos decir que, vistos los tiempos de desplazamiento entre ciudades, supongo que quienes impusieron tales límites viajaron en avión.
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