La semana pasad moría en su Granada natal Emilio de Santiago Simón.
Y aunque sean pocas las noticias que sobre su vida o su obra se hayan difundido en esta parte del mundo, hago en la Atalaya memoria de su obra y de su muerte lamentable porque era, a juicio de quien ahora escribe esta modesta semblanza, uno de los últimos estilistas (o de los mejores, en todo caso) que le quedaba vivo a España. El otro es Rafael Sánchez Ferlosio.
De ascendencia judía, aprendió desde muy joven la lengua hebrea; creció en un tiempo en el que se enseñaban el latín y el griego y le fue dado estudiar las lenguas de la Europa occidental. Alumno que fue de Joaquina Eguaras, aprendió como pocos el árabe y fue discípulo eminente de Emilio García Gómez —el inmortal traductor de El collar de la paloma—, a quien nunca dejó de profesarle la más humilde y sincera admiración.
Muy joven se doctoró en filología semítica y buena parte de su vida la dedicó al estudio de la historia del mundo árabe y de su presencia en la península Ibérica. Fungió como director de la Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos y fue colaborador de los Cuadernos de la Alhambra. Ya sería suficiente, pero no le faltaban pergaminos a su trayectoria: fue miembro de número de la Real Academia de Bellas Artes de Granada y académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Era, además, el guía de las personalidades más importantes que visitaban su Alhambra adorada, pues la conocía como ninguno, y tradujo los epígrafes petrificados en las ornadas paredes de este palacio suntuoso que deleita todos los sentidos. Versos que confieren vigor y relieve a esa obra monumental e improbable, escritos con belleza por Ibn al Jatib e Ibn Zamrak, esculpidos con paciencia y pasión por los alarifes de la roja alcazaba y traducidos con donaire por Emilio de Santiago Simón.
Porque su otra gran pasión fue la poesía. Partícipe asiduo del círculo de Elena Martín Vivaldi en su juventud —esa gran poeta granadina que aún no ha sido debidamente ponderada—, se ocupó también de divulgar su obra y de honrar su memoria, fruto de lo cual se publicó una entrevista en la Editorial de la Universidad de Granada y la antología Serena de amarillos, y fue también él mismo poeta (Siete poemas a la deriva).
Jubilado tempranamente de su oficio de docente en la Universidad de Granada, se atrincheró durante los últimos años en una soledad en la que sólo irrumpían sus gatos, a los que amaba con devoción sincera. Y atalayado en esa misma soledad dedicó sus últimos días a ejercer la empresa de la lucidez, esa maldición afortunada, en su columna dominical del diario granadino El Ideal. Detestaba tanto la imprecisión como el provincianismo y deleitábase esta alma universal con los temas más varios y las inspiraciones más disímiles. De prosa sutil y erudición delicada, no le temblaba el pulso para desenmascarar a los pusilánimes y a los mediocres ni le vacilaba tampoco para ensalzar las bellezas sutiles, por veces inmarcesibles, por veces efímeras.
Murió este sabio granadino la semana anterior. Esperemos que se reediten sus páginas y se compendien sus artículos para que, gracias a su prosa exquisita, su mirada penetrante y su inteligencia sutil, no perezca su legado y perdure su memoria.