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“Fragmentos”

18 de abril de 2019 - 12:00 a. m.

No se trataba de hacer un monumento; pero tampoco se podían dejar 50 años de conflicto, de destrucción y de muerte en el olvido. Por eso nos propone Doris Salcedo un contramonumento que lleva por título Fragmentos.

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Ubicado en el centro de Bogotá, a pocas cuadras de la casa presidencial, el espacio rememora los años luengos y crudelísimos de la guerra contra las Farc. Dos salas independientes componen el espacio; ambas de paredes blancas, inmaculadas, con techos altísimos y pisos de metal. Con 37 toneladas de acero provenientes de los fusiles y las municiones de los excombatientes, un grupo de mujeres víctimas del conflicto (violadas por actores del conflicto armado) elaboraron, bajo la tutela artística de la maestra Doris Salcedo, las placas de metal que servirían de baldosas para el piso del lugar. Pero no son solo baldosas; son también teselas del mosaico triste de la guerra, y no es solo un espacio vacío, sino albergue de los frutos siniestros y sin sentido del combate; es decir, cofre de la desolación y de la muerte que toda guerra deja a su paso. Orlan las salas paredes derruidas, como destrozadas por el lento pero pertinaz paso del tiempo; complemento elocuente de un espacio que evoca las ruinas que siempre deja la batalla.

Lo que fueron balas y pistolas, decía, son ahora suelo. Suelo bajo el que yacen el dolor, los escombros y las tristezas de la guerra; suelo para que hollemos tanta desconsoladora infamia. Pero esas que fueron armas y son ahora baldosas también son un puente y un hilo de comunicación con la Colombia de mañana.

Cenotafio singular de esta guerra atroz, tumba digna de los desaparecidos y de los sin nombre, yacen allí, acallados, los gritos de desesperación de los huérfanos, los desgarros de dolor de los torturados, los llantos de las madres que perdieron a sus hijos, los lamentos de los secuestrados; están allí, amparados, los mensajes de esperanza de quienes aún anhelamos la paz, las voces de aliento a quienes creen todo perdido, los arrestos de los que, pese a todo, quieren continuar; se oyen allá, resguardados, los clamores por un país mejor, las imploraciones de piedad, los susurros tristes que los disparos tornan inaudibles, los lamentos solitarios que en las noches estrelladas se lleva el viento. Pero, contra todo pronóstico, también se atesoran, como un precioso secreto, los anhelos de futuro. Todo eso y nada más. Porque lo demás, amigos míos, lo demás en la guerra tan solo es silencio; silencio y nada más.

atalaya.espectador@gmail.com, @Los_atalayas

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