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Índices de civilización: el ingreso a espectáculos públicos

12 de julio de 2017 - 09:00 p. m.

Hablaba en este columna hace unas semanas de los índices de civilización, esos indicios patentes o sutiles, materiales o inasibles que señalan el nivel de civilización de la sociedad y del país en el que vivimos. Y decía que, muchas veces, basta con salir a la calle para sopesar los niveles de civilización de un pueblo. Sólo resta ilustrar lo dicho con algunos ejemplos de nuestra cotidianidad que a fuerza de ser comunes nos parecen normales, pero tal normalidad sólo puede explicarse por costumbres atávicas que, ciertamente, parecerán exóticas y bárbaras en otras latitudes.

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Valga de ejemplo el ingreso a los espectáculos públicos. Dice mucho del país en el que vivimos el que para ingresar a un auditorio o a un estadio el asistente tenga que pasar hasta tres filtros de seguridad (a veces más), sometiéndolo a requisas de todo tipo para comprobar que no lleva armas o “sustancias ilegales”. Hasta aquí el procedimiento muestra la presunta propensión que tendrían los espectadores a ingresar armas a un espectáculo público, en virtud de la cual lo que debería ser una fiesta puede transmutarse, en un instante, en un escenario de riña y batalla campal. Que haya que hacer la pesquisa, por tres veces, a la entrada del estadio para comprobar que los hinchas no ingresan con armas u objetos que puedan ser utilizados para herir a otras personas habla con mucha elocuencia y muy mal del país en el que vivimos.

Sí, pero la brutalidad y la incivilidad no sólo recaen en los hinchas, sino también en quienes organizan y realizan las requisas. ¿Dónde debe trazarse la frontera? Es verdad que hay hebillas de muchos cinturones que pueden ser empleadas como armas letales, pero por eso ¿deben confiscarse todos los cinturones de los asistentes?

En el último partido que tuvo lugar en El Campín el semestre pasado (Millonarios-Nacional) no sólo estaban confiscando lo ya sabido (tubos de las banderas, hebillas de las correas, fósforos y encendedores, cuchillas, navajas, jeringas y un variopinto etcétera), sino que además estaban prohibiendo a los estudiantes ingresar sus morrales con sus cuadernos y sus libros, y estaban prohibiendo el ingreso de mochilas con el argumento peregrino y estúpido de que se podía agredir y herir a alguien con el asa. “Pero, por favor, mire que es una mochila, una bolsa de tela, en la que llevo una bufanda”. Y frente a los ruegos y los reclamos del hincha, la misma respuesta absurda e imbécil de siempre: “Son órdenes de mi capitán”. Las mujeres, dicho sea de paso, sí podían ingresar con sus carteras y con esas mismas mochilas arhuacas. También vi que a un hincha le quitaban una bandera que llevaba en la espalda a manera de impermeable, por si caía lluvia en la fría tarde bogotana…

Ahora que comienza de nuevo el torneo del fútbol profesional en Colombia, sobre esto deberíamos también reflexionar.

atalaya.espectador@gmail.com, @Los_atalayas

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