En ocasiones verdades profundas nos llegan por los caminos más inesperados.
Un episodio intrascendente me ha hecho meditar mucho en los últimos días sobre un fenómeno al que quizás no se le ha prestado la atención que requiere. Me refiero al que anuncio en el título: la complacencia en el mal. Es decir, al hecho de que ciertas personas aman el mal y lo propagan y en él se regodean.
A mí me hizo pensar en esta cuestión intrincada y dolorosa el arribo al barrio de un nuevo vecino. Resulta que al cabo de unos meses se hizo nombrar presidente de la Junta Directiva y muy pronto mostró en todas sus decisiones su talante autoritario. Pero hay más: con su carácter cínico se valía de su nuevo poder para tomar las decisiones que a él lo beneficiaban o que consideraba correctas, amparado por la hermenéutica que auspicia toda norma y que siempre es amplia. Modificando, este recién venido, costumbres, procederes, tradiciones de larga data en una comunidad de vecinos que está por cumplir cuarenta años.
Pues he aquí que ese proceder –ampararse en la ley para beneficiarse; escudarse en lo legal para tomar decisiones arbitrarias y a veces equivocadas; valerse del mando para imponer la voluntad propia; hacer el mal, en suma, bajo un manto de bonhomía y de procedimientos y de legalidad– me recordó al actuar de todos aquellos que formaban parte, de un modo u otro, del entramado burocrático y legal del Nacionalsocialismo. Recordará el lector que el argumento más esgrimido en los tristemente célebres juicios de Núremberg fue: «Estaba cumpliendo órdenes». Y fue también tras los juicios de Núremberg cuando la doctrina jurídica declaró que hay ocasiones límites en las que el subordinado puede negarse a cumplir las órdenes de su superior si las juzga injustas o inicuas. Se sentó una jurisprudencia clara al respecto; pese a las dificultades que esa objeción de conciencia puede acarrear para ciertas instituciones de carácter jerárquico, como quedó bien explicado en ¿Qué es la ilustración? de Immanuel Kant.
Ese fue el argumento más repetido –«estaba cumpliendo órdenes»–, sí, pero también me atrevo a pensar que muchas veces no fue más que el recurso más simple que encontraron muchos para llevar a cabo un acto que, aun sabiendo de su iniquidad y de su maldad, cometían con rigor y con complacencia. Escudábanse en la legalidad y en una orden recibida para mandar a la muerte a seres inocentes: lo sabían, y sabían que estaban obrando con maldad, pero querían asesinar a unos que declararon enemigos y chivos expiatorios y encarnación del mal. Apuesto a que muchos así obraron, y fueron los mismos que luego salieron a defenderse diciendo que seguían órdenes de sus superiores. Pero no tuvieron reparo ni vacilación cuando miraban a los ojos antes de asesinar a una víctima indefensa y justa o a un niño cuyo sólo pecado era el de haber nacido judío. Disparaban su arma y luego se sentaban con la conciencia tranquila a conversar sobre su trabajo, porque «estaban cumpliendo órdenes».
Decía que sobre esta cuestión me había hecho reflexionar un vecino que hace poco arribó a la comunidad. Que el personaje en cuestión tenga prosapia alemana sólo me parece una amarga coincidencia.
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