No es el menos preocupante de los síntomas y los efectos de la crisis del presente, el que haya caído en descrédito la belleza. Incluso, la palabra misma disuena a los oídos contemporáneos. Ya nadie habla de la belleza ni de lo bello, a lo sumo se dice de algo o alguien que es ‘bonito’, ‘lindo’ y, cuando más, ‘hermoso’.
Es preocupante el fenómeno. Hasta hace poco podía oírse exclamar que Fulano era una «bella persona», queriendo decir que era una buena persona, puesto que no se deslindaban bondad y belleza, sino que constituían un mismo dominio. Y así fue durante centurias y aun milenios.
Una misma palabra denotaba en hebreo bondad y belleza. La traducción de la Biblia que nos legó la tradición, dice que Dios creó la luz y como vio que era buena la separó de las tinieblas. Luego creó la tierra y los mares y vio que todo ello era bueno. En el cuarto día puso dos luminarias, una para que gobernara el día y otra la noche. Y vio que eran buenas. Más adelante creó al hombre a su imagen y semejanza: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó» y vio Dios todo lo que había hecho y he aquí que todo era bueno, nos dice el libro del Génesis. Fue esta la traducción que nos legó la tradición; una un tanto pragmática y utilitaria, pero, puesto que la misma palabra que denotaba la bondad denotaba también la belleza, ¿por qué no pensar que creó sol y luna, tierra y mares y peces porque eran bellos y no porque fueran buenos? ¿Por qué no pensar que creó a la mujer porque era bella y no buena?
El pensamiento de la antigua Grecia tampoco separaba la ética de la estética; de allí que pudiera hablarse de la belleza de las acciones. Ni los antiguos celtas podían escindir belleza y bondad. Por ello escribió Álvaro Cunqueiro en ese bello texto de hace ya varios lustros, titulado Los reyes del otoño: «Me gusta que haya sido gente de imaginación céltica la que haya inventado reyes del otoño y para el otoño. Y quiero añadir que parece ser que la palabra que Bodra usaba para decir justicia, es en gaélico la misma que significa libertad y hermosura. Administrar justicia, pues, equivale a decir administrar libertad y administrar hermosura, y a mí me parece la más correcta de las correspondencias».
Nada de todo ello queda hoy. Incluso el arte que durante milenios tan sólo fue belleza transfigurada, ha desterrado la belleza de su reducto; basta visitar una exposición de arte contemporáneo para constatarlo. Puede parecer anecdótico, pero no lo es. Me atrevo a pensar que cuando la belleza impregnaba todas las manifestaciones de la vida y del mundo, vida y mundo fueron más apacibles y más llevaderos. Pero parece que sólo nos quedan vestigios de aquello que fue y la angustia irrefragable de un lento declinar, de un mundo claudicante, de una irrefrenable decadencia. Nada más.