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La muerte

19 de noviembre de 2014 - 10:14 p. m.

Intenta Vladimir Jankélévitch explicar lo inexplicable: la muerte.

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En términos estrictos es imposible hablar de la muerte, porque nadie la conoce y aquel que la conoce ya no puede hablar. Vida y muerte se excluyen mutua y absolutamente, pues aquel que es tocado por el halo gélido, siniestro y trágico de la muerte ya no vuelve más. Ni aunque sea Lázaro, si se me permite blasfemar. De manera que todo lo que sobre ella se diga no son más que tanteos ciegos sobre lo que es tan inexplicable como irrevocable, tan incognoscible como inefable, tan irreversible como inapelable. Ese fenómeno injusto y definitivo —y, por otra parte, definitorio de todo lo que habrá de venir para los que se quedan— es el que intenta estudiar Jankélévitch en un libro espléndido que tituló La muerte.

Pero como de la muerte no se puede hablar, escribe Jankélévitch sobre todo de la vida. Hablar de la muerte, amigos míos, es sobre todo hablar de la vida. De esa vida que, háyase vivido como se haya vivido, está abocada al fracaso de la muerte. El precio de la existencia, la condición intrínseca de todo lo que vive, es el estar condenado a muerte. Porque toda vida, antes o después, ha de conocer el beso amargo y frío de esa voraz prostituta.

No. No se puede hablar de la muerte. Por eso propone Jankélévitch que ella no sólo es inefable, sino lo inefable mismo. Y no nos habla entonces de la muerte, porque nadie que la conozca puede contarnos su secreto, pero nos habla de lo que ella supone, de lo que significa, de lo que trunca y de lo que sustrae. Y de lo demás, es decir, de la vida. Y de la diferencia entre la muerte y la mortificación; de su exclusión absoluta de la vida, porque vida y muerte se excluyen tan radicalmente como la guerra y la paz. Recuerda que no hay manera de prepararse para la última partida porque sólo se muere una vez. Y tiene aún la valentía de intentar de ella algunas definiciones, como cuando sostiene que la muerte es un exilio que jamás cesará o cuando proclama que es ese instante que inaugura la eternidad.

El último capítulo del libro es un canto a la vida. En él explica que hay un hecho que la muerte no borra, pese a sus ímpetus inverecundos y bravíos, pese a los delirios abusivos de los regímenes totalitarios que el mundo ha padecido. Ese hecho indeleble es el de haber existido. Podrá no quedar en el mundo ni rastro de las huellas de un hombre y aun así el hecho de haber sido resonará por siempre en la historia. Y tener la certeza, frente a la que todo lo ha podido siempre, que existe algo que deja incólume —la memoria del mundo—, no me parece consuelo pequeño mientras vivo mis días esperando la llegada cierta de esa hora incierta que llaman morir.

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