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Quinientos años después

04 de diciembre de 2013 - 06:24 p. m.

Hace medio milenio terminaba de escribir Nicolás Maquiavelo su magna obra.

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Refugiado en su casa de Sant’ Andrea in Percussina, tras el destierro al que fue sometido en el año de 1512 por el retorno de los Medicis al poder en la ciudad de Florencia, el secretario de la Segunda Cancillería redactó entre junio y diciembre del año siguiente su estudio sobre los principados.

De lecturas sosegadas, de conversaciones sesudas, de su trabajo en la Cancillería de Florencia, de su trato con las grandes personalidades políticas de su tiempo, de su lectura de los libros de historia, de su conocimiento cabal de la condición humana, se fue destilando, con su prosa precisa y delicada, su libro inmortal. Repleto de ejemplos históricos, que valen para glosar aforismos felices, lleno de apotegmas contundentes, de ocurrencias ingeniosas, de disquisiciones sutiles, con prosa límpida y concisión admirable, pretendía Nicolás Maquiavelo enseñar la forma de conservar el principado —esto es, de hacer fuerte al Estado—, porque hacerlo significa también conservar la paz, la justicia, el orden y, si me lo permite el lector, hasta la dignidad. Y sabía que en ocasiones era menester rozar lo terrible, porque terrible era y es la política: sabía que había que defenderse de quienes quieren atacar y sojuzgar; sabía de la inmanencia del mal en la política —y fue triste el momento en el que le fue dado descubrir esta verdad—; sabía de las pasiones de los hombres, que siempre son las mismas; y como triaca eficaz contra la contumacia de los hombres redactó Nicolás Maquiavelo su breve tratado.

Pero ocurrió que todo esto, que es cierto, no se entendió o se entendió mal. O no se leyó o se leyó poco y mal, y desde entonces su nombre ha sido maldecido y su figura denigrada; acaso no haya en la historia de Occidente ninguna otra figura tan injustamente vilipendiada, tan infamantemente incomprendida. Instigada, sobre todo, por los consejeros de príncipes de la Contrarreforma, su mala fama hízose epíteto, y comenzó a denominarse «maquiavélico» todo actuar que, despreocupado de las maneras, se fija tan sólo en el éxito del objetivo trazado. Y es una pena, porque Nicolás Maquiavelo sabía que los medios viles sirven para alcanzar poder, pero no para obtener gloria. Y es una lástima que tanta inmerecida inquina cayera sobre su figura y sobre su obra, porque quizás fue él el único bueno entre tantos que no lo fueron. Sin duda el filósofo de Florencia era consciente de las difíciles circunstancias de la política, del mundo, y por ello escribió que «un hombre que quiera en todo hacer profesión de bueno fracasará necesariamente entre tantos que no lo son».

Más podría decirse sobre su obra, más podría encarecerse su persona, pero hoy, 500 años después de la redacción de El príncipe, sólo quisiera añadir que hemos aprendido muy poco, que las pasiones son las mismas de antaño, que se sigue el mundo cayendo a pedazos y que, en general, son estos tiempos —estos de los últimos 500 años— más maquiavélicos que maquiavelianos.

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