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Silenciar al otro

17 de junio de 2015 - 09:50 p. m.

Es muy fácil indignarse. Quizás no haya nada más fácil en esta vida.

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Basta con someter los actos del otro al rasero que uno quiera, aunque uno mismo sea incapaz de ajustarse, tan siquiera de manera remota, a ese mismo rasero con el que tan cómodamente se juzga al prójimo. En este país nada es más corriente que la indignación. Nos indignamos, porque Fulano se saltó la norma, porque Mengano no obró con responsabilidad… Pero ocurre que cuando la vida nos expone a circunstancias en las que habría que actuar mejor que este o que aquel, lo hacemos de manera muy parecida, o peor, sin que esto nos cause indignación para con nosotros mismos, siempre que el otro no se dé cuenta; pues nada resulta más fácil que comprar la propia conciencia. Porque aquí de lo que se trata, amigos míos, no es de obrar bien ni de ser justos o probos o responsables. No; eso sería una exageración y casi un despropósito. Aquí de lo que se trata es de que nadie se dé cuenta del mal y de que parezca que obramos bien. Y cuando ocurre que otro se da cuenta, caso curioso, no adviene el reconocimiento y el propósito de enmienda. Al contrario: adviene la indignación, pero no para con uno mismo que se equivocó y obró mal, sino para con quien pretendió hacerle caer en la cuenta de su error y pretendió corregirnos y educarnos. Es verdad que el vicio no es nuevo: recuerde el lector que por idéntico proceder condenaron a Sócrates a beber la cicuta… Y como corregirnos es difícil hacemos lo fácil: silenciamos al otro. Llámese Pedro o Juan, o juez o policía o, incluso, la propia conciencia. Los procedimientos son tan varios y tan de sobra conocidos que no me detengo a enumerarlos. Valga un pequeño ejemplo para ilustrar lo hasta aquí expuesto. Hace unas semanas, leyendo tuits que saltaban de todas las cuentas, vi uno que había retuiteado un columnista de este diario a quien sigo en esa red social y de quien leo sus columnas con atención y con simpatía. Pues ocurrió que el retuit que hizo, y que provenía de la cuenta de una tal @Malaverrr, estaba plagiado letra por letra de una cuenta que leo con cuidado y admiración. Yo les escribí a los dos haciéndoles notar que se trataba de un plagio… El lector ya habrá adivinado el resultado: ¿@Malaverrr lo borró de su cuenta?, ¿ofreció disculpas por el plagio?, ¿dijo, acaso, que se había equivocado y que no volvería a suceder? No, claro que no; eso hubiera sido difícil porque suponía corregirse y educarse. @Malaverrr se limitó a bloquear mi cuenta en Twitter para que no pudiera ver lo que ella escribía (copiaba, en verdad) y siguió plagiando tan contenta y tan impunemente. Y como Malaver, la señorita del Twitter, hay otros que se dedican a entorpecer procesos en los juzgados, a modificar escrituras, a sobornar policías, a vetar pruebas, a intimidar declarantes, a procurar testaferros, a acallar conciencias, a comprar amigos, a asesinar testigos y –en cualquier forma real o simbólica en que puedan hacerlo– se dedican a silenciar al otro.  @Los_Atalayasatalaya.espectador@gmail.com

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