MUCHAS VECES, PARA TRATAR DE mostrar la valía de una obra suelen algunos apelar al número ingente de personas que la aprecian, tendiendo a pensar —muy equivocadamente, por lo demás— que el gusto es cualidad que a todos compete, cuando suele ocurrir, en verdad, muy al contrario.
Tratar de explicar el fenómeno hiere siempre hondas sensibilidades pues todas las personas se creen dotadas de buen gusto y cuando se ofrecen razones para hacerles notar que no ocurre así, suelen apelar al carácter subjetivo del juicio estético. Quizá no sea tan subjetivo, entonces, como el vulgo pretende, pues está la proporción áurea, ni sea tan democrático porque existen acentuados cánones de belleza —por lo menos para todo el ámbito que bien podemos llamar civilización occidental— que permiten cotejar la calidad artística de una obra sin que deba apelarse a los “muchos” que la aprecian.
Que haya muchos que aprecian un producto artístico —y aquí, por la consideración que pretendo explicar se impone esta categoría con mayor propiedad sobre la de creación artística— obedece a un fenómeno más bien sociológico que estético y radica en el hecho de que existen al menos dos “culturas”. Está la cultura: la de los genios, la de los maestros, la de los grandes creadores de la humanidad. Y está la otra “cultura” —a falta de un mejor nombre entrecomillémosla— que entretiene a las masas y se produce para su regocijo. Culturilla.
El fenómeno es relativamente nuevo. Aparece en el siglo XVII en el que comienzan a proliferar manifestaciones mediocres producidas por ‘artistas’ medianos o advenedizos para entretener a las masas. Todo dentro del marco de esa “cultura” dirigida por el Estado para refrenar y contentar al pueblo, como bien lo mostró José Antonio Maravall en su estudio sobre el Barroco. Antes, en cambio, había los artistas que tras luengos y pacientes años de formación en el taller de este o aquel maestro podían comenzar a crear cuando ya habían aprendido, de sus maestros —de los maestros—, a imitar.
Simplificando un poco y llevando el caso a la esfera del cine —pero el fenómeno se observa en todos los dominios del arte— existe el cine y está Hollywood; uno preocupado por la creación de una obra de arte —aunque no siempre lo logre—, el otro, dejándose guiar por lo que reclama el “público”; voz que en estos casos viene a significar las masas.
Hay tangencias afortunadas entre las dos esferas; valga García Márquez como buen ejemplo de una obra bella y admirable que seduce a la sensibilidad más refinada y que llega al corazón de multitudes, pero francamente no me imagino a esas mismas multitudes leyendo, verbigracia, las páginas de Marcel Schwob.
La cuestión es complicada y requiere matices tanto como profundizar en ciertos aspectos. Sé que a muchos (a los muchos iba a escribir) no les va a gustar mi teoría de las dos “culturas”; no importa, ya sabemos de qué lado cae su sensibilidad.