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Un año de la visita de Nyman

19 de octubre de 2016 - 09:00 p. m.

Hace un año fui testigo de un acontecimiento que hoy quiero narrar.

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Se respiraba, en aquel octubre frío y bogotano, arte por doquier y se sentía la emoción que embarga el alma cuando se roza lo sublime. Desde hace un tiempo confluyen en el mes de octubre ferias independientes que congregan lo mejor del arte de Hispanoamérica y, en las últimas ediciones, del mundo. Son tres las principales ferias de arte que, con variado alcance, acogen a galerías y artistas en la capital: ArtBo, Espacio Odeón y Barcú. Quiso no sé cuál designio afortunado y feliz que los organizadores de esta última feria invitaran a Michael Nyman a presentar la que entonces era su más reciente producción: la película documental War work: 8 songs with film (Trabajo de guerra: ocho canciones con película).

Nyman —para quienes conocen más su obra que su nombre— es quizás (y no sé por qué digo quizás) el compositor vivo más importante del momento y es, en cualquier caso, el más impresionante, el más sugestivo y, en ocasiones, el más sutil. Recordado sobre todo —¿cómo no?— por ser el compositor de esa música melancólica, evocadora e inmortal de la película El piano y por sus composiciones para el cine, por haber trabajado de la mano, desde hace mucho, del también genial cineasta galés Peter Greenaway —el inolvidable director de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante—, es también Michael Nyman director, pianista y musicólogo, autor de óperas, compositor de conciertos para orquesta y de obras para cuartetos de cuerdas. Y, en los últimos años, fotógrafo y director de cine. Para decirlo en una palabra, Michael Nyman es la genialidad hecha acto, el arte hecho vida.

Pues he aquí que este hombre que ha dedicado su vida al arte y que les ha dado a las últimas décadas algunas de sus obras más emocionantes y perdurables, caminaba hace un año por las calles de La Candelaria y se disponía a presentar su película. Subía una de las cuestas del barrio acompañado tan sólo de su representante, nos cruzamos y lo saludé con una emoción que no pude contener y que tan sólo sabía refrenar las lágrimas. Caminamos juntos hasta el lugar, mientras encomiaba como mejor podía una obra que admiro y quiero tanto. El auditorio albergaba un piano con el que imaginé que Nyman nos obsequiaría. Sorprendía el público escaso y silencioso; tímido. Comenzó la proyección de un documental lleno de imágenes duras, inquietantes, de la Primera Guerra Mundial que en trabajo de archivo había rescatado Nyman convirtiéndolas en una película tan turbadora como digna de ser recordada y apreciada. Tras la proyección, en la charla amenísima y breve que ofreció, reconoció que no sabía si lo que presentaba era una película con composiciones musicales o partituras ilustradas por una película.

He meditado sobre ello y aún no encuentro una respuesta cierta. Pero qué más da si es poesía, música o prosa; qué importa si es cine o teatro, siempre que sea arte, porque el arte, amigos míos, es belleza trasfigurada. Y la belleza cura, reconforta y consuela.

@Los_atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

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