A todas las modalidades de cobro, usurpación y robo de la banca nacional vino a sumarse una que para mí era desconocida: el cobro por certificado bancario.
El certificado es una hoja que el propio banco imprime declarando que una persona o empresa tiene cuenta bancaria en una entidad. La nota no puede ser más elemental, pero he aquí que a los cuentahabientes del Grupo Aval han comenzado a cobrarles el certificado a un precio que excede en mil veces el valor de la hoja y de la tinta de la impresión.
Parece imposible, pero es cierto: una empresa o una persona llevan su capital o sus ahorros a un banco y este, a cambio de custodiar los ahorros, le cobra al dueño del dinero por certificar que están guardados ahí los ahorros y que sus operaciones financieras se hacen mediante dicha entidad bancaria.
Fue lo que me ocurrió hace unos días cuando, al acercarme a una de las sucursales en Medellín del Banco de Bogotá para solicitar un certificado de la cuenta, me dijeron que el certificado que da el banco lo tenían que cobrar. De los siete países en los que he vivido, solo en Colombia me han cobrado por la constatación que emite el banco diciendo que tengo habilitada una cuenta con ellos. Ante mi sorpresa por lo absurdo del cobro y de la situación, la asesora comercial me dijo que tenía que presentarme al gerente de mi oficina, dando a entender que a quien no es amigo del señor gerente lo cogen de marrano.
Pero no para ahí el atropello sin coto y el absurdo kafkiano. Cuál no sería mi sorpresa cuando, tras haber debitado el cobro del certificado, antes incluso de haberlo entregado, me dan una hoja mal impresa, llena de errores de ortografía, de solecismos sin número, de groseros anacolutos; una hoja, en suma, escrita por una que podrá ser experta en finanzas, pero que, a juzgar por la hoja en cuestión, no aprobó el bachillerato.
Comedidamente pedí que se me entregara un certificado escrito en español, porque de lo contrario no me lo recibirían en la empresa que me solicitaba el certificado bancario. Tras haber tenido que rechazarlo un par de veces, pues cada nueva versión era peor que la anterior, el gerente de la sucursal me espetó, con toda la grosería del caso, una frase que, respetuosamente, me niego a creer cierta: me dijo que la ignorancia era política del banco.
Por supuesto que el trato que les dan a los clientes, irrespetuoso y salido de tono en este caso, es asunto del banco y tienen el dudoso derecho de espantar a los usuarios (personalmente tomé la determinación de retirar mi cuenta personal y empresarial del Grupo Aval). Lo que, sin embargo, nos inquieta —y agradecemos a la Superintendencia Financiera de Colombia que aclare la cuestión— es saber si resulta legítimo que un banco cobre a un usuario una hoja impresa por dar fe de que el usuario tiene cuenta en dicha institución.
En resumen: me cobraron el certificado, demoraron una hora en entregar la hojita impresa y me lo dieron mal, pues el NIT que aparecía no era el que yo había suministrado, sino el que les aparecía en una plantilla de uso del banco. Y todo ello en un tono irrespetuoso y en un dialecto incomprensible.
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