Ya nos corre pierna arriba a los colombianos la celebración, si así se le puede llamar, del bicentenario de la Independencia, que está a la vuelta de la esquina (nunca mejor dicho) y que ni el Gobierno mismo ha querido promover del todo.
E intuyo que, salvo algunos esfuerzos aislados, esta vez también caeremos, como hace 100 años, ¡como hace 200!, en los brazos ansiosos de la cursilería. O en los de un revisionismo precario que irá a perderse, huyendo de la lucidez, entre las cuentas del tabaco y el aguardiente de algún archivo de algún villorrio del Gran Cauca.
Por eso hoy quisiera inaugurar aquí la celebración del otro bicentenario, sobre el que poco se ha hablado, obsesionados como estamos por ir a barrer, en el 2010, las últimas esquirlas del florero. Y sin embargo hay que empezar a aguar la fiesta desde ya, y deslizar con guantes unas cuantas ideas que ni siquiera son originales, y que más bien atesoran lo que a lo largo de mucho tiempo dijeron, a veces desde la incomprensión, a veces desde la soledad, las mentes sensatas que no se resignaron a que nuestra historia y su historia fueran una opereta: la misma que ha pervertido sin piedad las almas de los pobres niños que aún, y ya ni siquiera eso, la repiten de memoria en los colegios, todavía con la imagen de unos próceres universales y de unos mártires que saltaron del herbario a la Revolución.
Pero ahí está la obra de Fernando Guillén, y la de Indalecio Lievano, Álvaro Uribe Rueda y Jorge Arias de Greiff. Y con ellos, y otros tantos, se abre la posibilidad de pensar nuestra historia de otra manera, sin estridencia, sin inventar tampoco nada; sin la presunción de la originalidad, en tono desafiante, que suele ser apenas la otra versión de la ignorancia.
Y que alguien lo diga: que la independencia de las provincias americanas de España fue un proceso que había empezado a labrarse casi desde finales del siglo XVII, y que en él se enfrentaron dos nociones contrapuestas de Occidente; que aquí, salvo casos excepcionales, nadie leyó a Voltaire ni a Condillac ni a Montesquieu, y que la mayoría de nuestros próceres, maticas y estrellas aparte, eran hijos de la escolástica y del temor a Dios, y no de la Revolución Francesa. Que la ilustración española fue el punto de llegada de una herencia de siglos, en muchas cosas más sabia y más rigurosa que la modernidad toda.
En este julio de 2008 se cumple el bicentenario del inicio de nuestra independencia, cuando Napoleón proclamó la constitución de Bayona y con ella el final del Antiguo Régimen en España.
Envíe sus dudas históricas a notastacitas@gmail.com