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Por una nariz

14 de febrero de 2009 - 10:00 p. m.

No sé por qué (o sí: por la soberbia; por la vanidad insaciable de la gente) hay quienes creen, con la fe de una beata, que la Ciencia se refiere a la verdad,  a cosas objetivas, al mundo en cuanto tal. E incluso hay algunos que la escriben así, con mayúsculas y la boca llena de agua, como si fuera el nombre de un Dios: La Ciencia.

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Pero en últimas, como decía ese experto en contabilidad que era Paul Verlaine, todo lo demás (es decir todo) es literatura. Lo recordé en estos días de delirio darwinista, cuando de cada esquina sale alguien a ponderar el rigor de la teoría de la selección natural, los méritos especulativos  del Origen de las especies, y los aportes indudables que, a pesar de George W. Bush (digo, como gobernante, no como refutación hipotética), Darwin sembró en el camino de piedra de la comprensión de la naturaleza humana.

Y sin embargo, qué novela maravillosa la biografía de Darwin; qué aciertos los que el destino deslizó sobre los fósiles que se apilaban en la casa del gran geólogo. Tanto que su hijo pensaba que todos los papás del mundo eran iguales, y cuando iba a jugar a las casas de sus amigos les preguntaba: “¿y dónde pone tu papá sus huesos?”.

Pero no sólo la familia de Darwin pertenecía a la novela: también Robert Fitz Roy, el oficial de la Marina Británica que le ofreció al sabio un puesto en el bergantín  Beagle, para que ambos circunnavegaran el mundo y exploraran la flora (y los misterios del comercio) de las regiones del sur. Fitz Roy era un demente (se suicidó con su navaja de afeitar), y por su origen real, más que a un erudito necesitaba a un compañero que durante la cena le hablara de cosas nobles. Escogió a Darwin porque le gustó su nariz, aunque luego, en 5 años de viaje tormentoso, le reprochara siempre que sus hallazgos fueran tan contrarios a la Biblia.

Cuando Darwin publicó por fin su libro, le llovieron palos y anatemas. Los defensores de Dios no economizan. En 1860 se discutió su teoría en Oxford. El obispo del sitio, en pleno debate, le preguntó a Huxley: “dime: ¿y tú desciendes del mico por vía materna o paterna?”.

Gran científico fue el abuelo de Darwin, Erasmus. Científico de verdad: hacía poemas.

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